domingo, 24 de agosto de 2025

Distribució per la prosperitat i mobilització del coneixement

Ens hem de protegir del capitalisme trumpista (no basat en el mercat, sinó en el poder) amb un projecte i un discurs alternatius, a tots els nivells de la política. A Catalunya, hem triat el concepte de “Prosperitat Compartida”, però també podria ser començant pel final, "distribució per la prosperitat", perquè no es tracta només de créixer i després repartir, sinó de desenvolupar serveis públics i projectes socials de qualitat (com els relacionats amb l’habitatge) que permetin un millor creixement econòmic. Si altres prefereixen un model d’acumulació insolidària (practicant per exemple la competència fiscal a la baixa) ho hauran d’explicar, encara que segurament ho amagaran amb tàctiques trumpistes de soroll i fúria.

Fa deu anys de l’experiència de Syriza al govern grec. Ho he celebrat amb la lectura de les memòries del pas per aquest govern de l’economista Yanis Varoufakis, lectura que recomano. Confesso que jo havia estat víctima de l’estereotip del qual s’intenta defensar l’autor: jo també creia que era un personatge narcissista i populista que no va tenir una actitud constructiva per resoldre la crisi del seu país. M’ha convençut força del contrari. Sens dubte es tracta d’un caràcter amb una forta personalitat, de difícil encaix en els equilibris de la política.

Però Varoufakis era un europeista que volia que Grècia seguís a l’euro, i que la unió monetària fos un projecte equilibrat que pogués beneficiar a tots els països europeus. Durant els seus mesos de ministre de finances, va rebre la simpatia de Barack Obama, d’Emmanuel Macron (sent encara ministre), i d’economistes com Jeffrey Sachs i Joseph Stiglitz. El temps li ha donat força la raó, i avui és part de l’ortodòxia econòmica europea pensar que les polítiques d’austeritat que es van acarnissar en particular amb Grècia, van ser excessives. D’aquells errors es va aprendre quan va arribar la crisi de la Covid, a la qual es va reaccionar amb polítiques molt més expansives i mancomunades.

Un cop acabada la seva etapa al govern grec (víctima de la pinça entre l’ortodòxia alemanya i l’aparell del seu partit), Varoufakis no va caure en l’euro-escepticisme, sinó que va participar en la campanya del Brexit per demanar el vot en contra de la sortida del Regne Unit de la Unió Europea. L’argument final del llibre és que si s’hagués tingut una actitud més generosa amb Grècia i una política econòmica més expansiva, el projecte europeu hauria sortit més reforçat i s’hagués frenat a temps almenys en part l’ascens del nacional-populisme.

L’exministre grec era un acadèmic que estava en contra la tecnocràcia com a forma de poder, i per això es va presentar de diputat, però no va ser militant del partit i la seva peripècia va denotar al capdavall la dificultat de ser un acadèmic fent política. Però sempre estem a temps de fer arribar a la política el nou consens econòmic. Igual que en altres disciplines, és important compaginar el coneixement científic i el compromís polític.


jueves, 14 de agosto de 2025

El talento político y el Currículum

Es totalmente comprensible la indignación de gran parte de la ciudadanía ante los casos de falsificación de currículums de personajes políticos, sobre todo la decepción de jóvenes que hacen un esfuerzo por formarse, a quienes les cuesta encontrar un empleo bien pagado y después de años de formación siguen en precario. Sin embargo, en las crónicas y artículos de opinión de las últimas semanas sobre la polémica de la falsificación de CVs, he echado de menos una perspectiva un poco más matizada de la cuestión.

Falsificar el CV para prosperar en una carrera política es algo ridículo. Pero que en la política haya muchas personas sin un buen CV académico (también hay personas con uno excelente, y no falsificado) es algo bastante explicable. La política es trabajo-intensiva, no la puede hacer un robot mientras uno está estudiando en la biblioteca. Tener medios y tiempo para estudiar mientras uno dedica tiempo a la actividad política no es tan fácil para todo el mundo.

En Estados Unidos está en marcha una campaña bajo el lema “Run for something” (preséntate a algo), para fomentar vocaciones políticas progresistas entre la juventud. Supongo que nado contra corriente, pero en estos tiempos, me parece más importante y urgente despertar vocaciones políticas democráticas y progresistas que mejorar los CVs de las personas que se dedican a la política. Militar es arriesgado (Utoya, en un caso extremo) y no siempre es divertido (Oscar Wilde), pero vale la pena para quien milita y para la sociedad. La participación política es un bien público y por lo tanto está sometida al efecto del pasajero sin billete (la teoría de la selección adversa no es la única herramienta económica para entender los dilemas de la política): siempre tenemos a mano una excusa (¡es que está lleno de gente sin curriculum!) para dejar que sean otros quienes vayan a las imprescindibles reuniones de las que abominaba Oscar Wilde. Necesitamos más y mejores liderazgos políticos, y necesitamos gobiernos de alta capacidad (política, técnica, ética) a todos los niveles, y en una democracia estos salen de los partidos políticos. No hay atajos para el reto de mejorar los partidos políticos.

En política, los intereses de los ricos están sobrerrepresentados. Quien ha heredado recursos y tiene un colchón, lo tiene mucho más fácil, por muchas razones, para hacer llegar sus intereses a quienes toman decisiones, o para encaramarse directamente al puesto de mando. Es tan importante hoy como a principios del siglo XX, cuando la izquierda consiguió que la política se retribuyera, que accedan a la acción política personas de clase trabajadora.

Hay ejemplos de grandes CVs que o bien han fracasado estrepitosamente en política (un partido liderado por una persona con un Doctorado por una prestigiosa Universidad de Estados Unidos sacó menos del 1% en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya); o bien objetivamente han causado bastante daño a sus sociedades, como Boris Johnson (formado en centros de élite británicos incluyendo Oxford, y retratado por su superficialidad charlatana junto a su camarilla por Simon Kuper en el libro “Chums”) con el Brexit. Un buen CV académico no es una panacea de nada en política.

Hay cosas (buenas y malas) que no se aprenden ni en las aulas ni en los libros. Entre las cosas buenas que yo solo he aprendido en la actividad política (pese a haber frecuentado muchas aulas y leído muchos libros) incluiría rutas geográficas y culturales de Cataluña para las que no estaba predestinado, diferentes formas de vivir, realidades de otros países, o perder el miedo a hablar y debatir sobre todo en público. He conocido gente buena y mala y gente normal. He aprendido también a equivocarme, a perder, a organizar, a fracasar (intentamos montar sin éxito un festival de ideas con Peter Gabriel y Pasqual Maragall en la Barcelona postolímpica), a producir un documental… Dicho esto, un buen uso de las aulas y los libros ayudan, quizás, a procesar todo esto un poco mejor.

El talento político es difícil de objetivar y medir, y por lo tanto de incentivar. Requiere paciencia, capacidad estratégica y táctica, liderazgo, sociabilidad, habilidad para tejer alianzas, virtudes ejecutivas, soportar duras críticas, gestionar el estrés, equilibrar múltiples objetivos… Por ello no es de extrañar que muchas personas con un gran talento político no tengan necesariamente un buen CV académico, aunque otras sí lo tienen (entre ellas, bastantes en los gobiernos de Pedro Sánchez desde 2018 y en el de Salvador Illa desde hace un año). En cualquier caso, el talento es un bien escaso, en política como en otras actividades. 

Paseando una vez por Londres, un artista callejero le dijo al final de su actuación en Leicester Square a la niña a la que había convencido para participar voluntariamente en su espectáculo: “Follow your dreams, get an education”. Ese sería mi consejo: persigue tus sueños y no dejes de educarte.


lunes, 11 de agosto de 2025

Palestina vista desde aquí

Quiero recomendar dos libros sobre Palestina escritos por dos especialistas españolas, la periodista Beatriz Lecumberri (“Palestina, la tierra estrecha”, Editorial Big Sur) y la catedrática Luz Gómez (“Palestina: Heredar el futuro”, Libros de la Catarata). Son dos personas que saben bien de lo que hablan, lo han estudiado, y conocen a numerosos testigos y protagonistas. Para los demás, es muy fácil opinar desde nuestro sofá en la otra punta del Mediterráneo, por mucho que sigamos con horror las imágenes y noticias que nos llegan desde ahí. Leed por favor estos dos libros.

Ambas autoras escriben en El País, Beatriz Lecumberri como reportera (estos días desde Jerusalén) y Luz Gómez como articulista de opinión. El libro de la primera es una colección de testigos de Gaza, Cisjordania y Jerusalén. El de la segunda, es un ensayo histórico-cultural sobre los intentos crueles y hasta ahora fracasados de erradicar la identidad palestina. Ambas transmiten una profunda solidaridad por la causa palestina. A diferencia de personas que por nuestra lejanía debemos expresar nuestras opiniones sobre el tema con humildad y modestia, su contundencia está totalmente justificada por su conocimiento.

Aunque no es una cuestión fundamental en ninguno de los dos libros, ambas autoras muestran su escepticismo con la “solución de los dos estados”, Lecumberri al principio de su volumen y Gómez al final. Estos días se ve como un avance que más y más países “reconozcan” el Estado de Palestina, y sin duda muchos de quienes lo apoyan lo hacen con la buena voluntad de defender una causa en momentos muy difíciles. Otros se preguntan de qué sirve eso sobre el terreno, donde se vive una “realidad de un solo estado” (el de Israel).

Quienes pensamos que erigir estados-nación sobre la base de una etnia o una religión (construyendo carreteras solo para judíos o solo para árabes) debería ser una cosa del pasado (y lo piensan numerosos israelíes y palestinos de hoy y de ayer, organizados o no, y muchos judíos que viven o vivieron fuera de Israel, como Tony Judt o Hannah Arendt), y quienes de buena voluntad defienden una solución de dos estados, quizás tengamos un punto de encuentro en la misma Palestina árabe y judía que proyectó las Naciones Unidas como proyecto confederal, que defiende el filósofo universalista Omri Boehm (autor de un libro precioso sobre la mestiza “República de Haifa”), o que defendía recientemente un manifiesto de intelectuales entre los que se hallaba el economista Thomas Piketty.

Tanto la solución a largo plazo como el motor de las urgencias a cortísimo plazo debe pasar por el derecho a la igualdad de todas las personas que viven en lo que es hoy territorio controlado por Israel. Esta igualdad de dignidad, de derechos (a la vivienda, a la propiedad, a la movilidad, al voto a los responsables reales de su control, a la vida), de ingresos, de riqueza, de oportunidades, hoy es flagrante que no se produce. Algunos tenemos dudas de que esta igualdad se consiga, ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo, mediante dos estados (con medios muy desiguales) lado a lado en un espacio muy reducido. Como ha explicado de forma elocuente la experta Dahlia Scheindlin, el conflicto palestino-israelí es un conflicto entre quienes tienen y quienes no tienen, unos viviendo escandalosamente cerca de los otros.

Y si estamos de acuerdo en que a largo plazo, en cualquier caso, entre esos dos estados, debería haber, como en la Unión Europea, igualdad de derechos y libertad de movimientos, quizás nos podríamos ahorrar la fase intermedia de convertir a unos muros de valla y hormigón, controlados por check points militarizados, en fronteras internacionalmente reconocidas. No perpetuando la situación actual, sino transitando sin perder tiempo, con toda la ayuda internacional que haga falta, hacia una forma política que reconozca todas las identidades (y que honre de verdad la memoria del Holocausto: que nunca jamás le vuelva a ocurrir lo mismo A NADIE) y que deje de practicar el apartheid y la violencia contra una parte de la población que controla.


domingo, 27 de julio de 2025

El mite de l’espectre ideològic duplicat al Parlament de Catalunya

Un dels mites de cert comentariat català és que al Parlament de Catalunya (i a la política catalana per extensió) hi ha un espectre ideològic duplicat, com si Catalunya fos Bèlgica: hi hauria partits de cada ideologia per partida doble (un d’espanyol i un de català) com a Bèlgica n’hi ha un de való i un de flamenc. 

Aquesta interpretació de la realitat política catalana se sent amb més força des que hi ha dos partits ultradretans i xenofòbics al Parlament, l’espanyolista Vox i l’independentista català Aliança Catalana (AC), que ara estan desequilibrats en favor de Vox però que algunes enquestes pronostiquen que s’aniran equilibrant en percentatge de vot properament en termes relatius a favor d’AC.

Alguns fan aquesta interpretació de la realitat catalana en clau descriptiva, sense afegir cap judici de valor. Però també he sentit qui diu que aquesta és una evolució desitjable. Per exemple, recordo un dels que se’n va anar del PSC pel "Procés" (per abraçar la llavors suposada nova centralitat de l’independentisme) dir que era hora de tornar a la fase prèvia a la unitat socialista, amb un partit socialista català i un d’espanyol a Catalunya, “sense barrejar-se”. I també conec qui defensa que, com que el PSC és massa catalanista, caldria tornar a crear un partit socialdemòcrata estrictament espanyol a Catalunya.

En la meva opinió, tant els que utilitzen el mite en la seva versió descriptiva, com els que la fan servir en la seva versió prescriptiva, estan equivocats. I l’error ve de no entendre (o no voler entendre, en alguns casos interessadament), que el PSC trenca el mite, precisament perquè és el resultat d’un procés d’unitat, totalment consolidat pel pas de les generacions, que reflecteix una societat mestissa molt diferent a la belga (que té moltes altres coses positives que ara no és el moment de destacar).

Hi ha un detall molt interessant al darrer baròmetre del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) que confirma un factor clau del PSC (el primer partit en vots de Catalunya) per trencar el mite de l’espectre ideològic duplicat: els votants del PSC s’autoubiquen de forma molt semblant com a catalanistes i espanyolistes de 0 a 10, lluny dels extrems, però per sobre de 5. També es consideren europeistes, per cert, com la majoria de la societat catalana (Vox, AC i la CUP són els únics partits que se situen per sota de 5 pel que fa a europeïsme).

En el mite, se suposa que el partit mirall del PSC, de centre-esquerra però catalanista, seria ERC. El problema és que el PSC també és catalanista, encara que més moderadament, i que el seu centre-esquerra està homologat internacionalemnt, per la seva pertinença, federació i col·laboració amb el PSOE, el Partit Socialista Europeu (i el corresponent grup al Parlament Europeu), la Internacional Socialista, i la celebració cada any de seminaris amb la Fundació Ebert del SPD alemany o la Fundació del PSE. 

Ningú s’imagina l’ERC de Junqueras o Rufián demanant la seva entrada a la Internacional Socialista. Sí que en formen part, en canvi, tant el partit socialista való com el flamenc. ERC i PSC no són el PSC i la federació catalana del PSOE previs a la unitat socialista. Són dos partits ideològicament diferents (sembla que ERC es considera ella mateixa més propera a Podem o Bildu, a jutjar per les seves aliances i declaracions), cosa que no vol dir que no puguin signar acords, com ho fan el PSOE i Sumar o Podemos.

Un altre aspecte interessant que les enquestes del CEO em permeten il·lustrar és que contràriament al pensament polític que hi ha al darrera del mite esmentat, els suposats  “eixos” social i nacional, no són dos eixos que donen voltes l’un independent de l’altre. En termes estadístics, diríem que no són dos eixos “ortogonals”. Per exemple, en una enquesta recent molt interessant sobre què pensa la ciutadania catalana sobre la desigualtat, un 51 per cent de les persones entre 25 i 34 anys considera que la situació política derivada del “Procés” va generar desigualtat (la franja d’edat que més, seguida de la franja entre 16 i 24).

Com que no són dos eixos ortogonals, no descarto tampoc que Vox i AC s’acabin fusionant, units per la seva fòbia a la immigració, a l’Islam, a Europa, i la retòrica anti-polítca. Especialment si ve una fundació nord-americana i els ofereix incentius materials per unir-se al trumpisme global sense complexos.

Això no és Bèlgica.


domingo, 13 de julio de 2025

La socialdemocràcia (o algú altre) contra la política capicua

L’altre dia vaig participar en un interessant seminari organitzat per la Fundació Campalans (el think tank del socialisme català) sobre els reptes de la socialdemocràcia (SD). Primer, un debat de tots els assistents després d’escoltar una presentació inicial (no vaig poder compartir aquesta part perquè havia de participar online en una altra reunió). A continuació, vam fer un exercici de reflexió per grups que s’anaven re-barrejant successivament. Espero que els relators recollissin material interessant.

Avui Martín Caparrós a El País Semanal parla d’un concepte que no va sortir al seminari, però que hi planava per damunt: el concepte de la política capicua, la política on els dos extrems diuen el mateix, on els pobres i els rics acaben votant per la mateixa opció (o alguns intenten que ho facin, de vegades amb èxit). Això ja havia estat explicat per científics socials com John E. Roemer quan analitzava per què els pobres no expropien els rics a les democràcies (resposta: perquè els rics aconsegueixen mobilitzar dimensions ètniques o religioses) o altres parlaven de les preferències de dos cims que impedeixen que un extrem prefereixi opcions moderades abans que l’altre extrem.

Trump és el principal exponent de la política capicua. Però el trumpisme en diferents graus també està present a Europa, a Espanya i a Catalunya. Em refereixo a Vox, però també Aznar (posant en dubte el resultat electoral, insinuant que caldria arrestar el principal rival polític), Feijóo (amb el seu ús verborreic de la hipèrbole) i Ayuso (associant Sánchez al comunisme bolivarià). I també a la xenofòbica Aliança Catalana i als exponents del nacionalisme català que se’n distingeixen poc. Quan la dreta tradicional es comporta com els trumpistes, dóna ales als partits més purs del trumpisme (com assenyalen les enquestes a Espanya).

El que està en joc si no aconseguim derrotar la política capicua és el nostre model de vida i el seu perfeccionament, o sigui el model de benestar europeu que aspira a combinar igualtat i llibertat. Moltes de les coses que es valoren i estan en joc ens en podem penjar la medalla els socialdemòcrates. Però els partits socialdemòcrates són percebuts com instruments vells, en bona part perquè ho són.

Hi ha excepcions. Nosaltres, per exemple: l’èxit del PSC en la seva supervivència no ha estat fruit d’un seminari, però sí d’una combinació imperfecta però fèrtil de treball organitzatiu i idees: renovant-se a cada elecció municipal amb centenars de quadres joves i sent, si bé després d’alguns dubtes i desercions, nosaltres mateixos (o sigui federalistes). Però no ens podem adormir, perquè el món canvia molt de pressa i els problemes són comuns.

L’últim que pot fer la SD és comportar-se com una plataforma de vells nostàlgics que renyen als joves. Amb molta humilitat i prudència, apunto algunes coses que sí que podria fer (combinant iniciatives d’”oferta” amb iniciatives de “demanda”):

-Promoure polítiques econòmiques (macro i micro) que permetin créixer en allò que valora la majoria: benestar, salut, habitatge, bones feines, participació, veu, reconeixement, igualtat.

-Treballar per la integració europea i per les aliances multilaterals que trenquin la dependència dels Estats Units, per proveïr béns públics globals com la sostenibilitat, la pau, la gestió humana de les migracions i la cooperació.

-Donar veu, protagonisme i poder a la gent jove (per exemple, en els seminaris ideològics), que en la seva majoria són progressistes. Contribuïrem a auto-realitzar una profecia nefasta si ens apuntem al mite que els joves són fatxes. El que segur que no faran és apuntar-se a un vaixell on els propis navegants diuen que s’estan enfonsant.

-Crear instruments de debat racional amb fibra emocional optimitzant l’ús de les noves tecnologies (cosa que la gent jove sap fer millor que els que ja tenim uns anys).

-Treballar més amb més i millors persones expertes (i no només amb experts en comunicació). La combinació d’evidència científica (des de totes les disciplines del coneixement) amb organitzacions amb arrels acostuma a donar bons resultats a l’esquerra. El rigor científic explicat amb una capa d’humanisme no està renyit amb el compromís polític.

Si no reacciona la SD ho farà algú altre, perquè la demanda hi és. Podemos va fracasar i Melenchon i Corbyn no han donat la talla ni han entès la transcendència de la dimensió europea, però hi ha i hi haurà altres intents que no sorgeixen estrictament de la SD i que la poden superar, com l’ala esquerra del Partit Demòcrata als Estats Units, Die Linke a Alemanya o els economistes francesos com Piketty i Zucman.

La victòria de la política capicua seria (ja està sent) un desastre per a les persones pobres i per a les majories; seria la derrota dels béns públics i la victòria de l’estat policial, del racisme, de la corrupció absoluta, de l’anticiència, de l'apocalipsi climàtic i de la desigualtat.


domingo, 22 de junio de 2025

Píldoras para aliviar la desmoralización y frenar la desafección

1. No tengo la solución a la corrupción en la política y desconfío de quien diga tenerla; dejé de priorizar la regeneración política en mi actividad militante (quizás erróneamente) cuando vi que algunos que hacían bandera de la regeneración (conmigo) aprovecharon para dejar el PSC y sumarse al “procés” que, dicho con todo respeto para otras personas que lo abrazaron, fue entre otras cosas una estafa democrática. Pero sigo creyendo que la regeneración es necesaria pese a avances logrados, he estudiado la relación entre economía y corrupción, y creo ser consciente de la importancia del tema, su gravedad y la dificultad del combate.

2. Solo unos pocos países han reducido la corrupción al mínimo, parece inherente al capitalismo (sin que el comunismo haya eliminado la corrupción, por supuesto). Pero existen casos de éxito, sobre todo en el norte de Europa, y existen países más y menos corruptos. Por lo tanto, se puede casi eliminar la corrupción, pero no es fácil. Países tan ricos y exitosos en muchos aspectos, como Estados Unidos, Francia e Italia, no son para nada ajenos a niveles altos y casos graves de corrupción (más sobre Estados Unidos después). El éxito (como en China en la economía o España en el fútbol) no es incompatible con la corrupción. Pero también se puede tener éxito económico sin corrupción, y el modelo resultante (el nórdico) es mucho más satisfactorio.

3. Pero si existe la solución (o una estrategia para avanzar en este combate), debe estar en el triángulo entre corruptos, corruptores y entorno legal y social. Las instituciones que pueden combatir la corrupción tienen dimensiones formales y no formales, en un sistema económico y social donde hay corrupción en la política, en la empresa, en el deporte, en la sociedad civil y en la religión.  Las soluciones exigen diseño y coordinación, hacer varias cosas a la vez y por parte de un conjunto de actores. Y ya se han hecho cosas, que hay que apreciar y no tirar por la borda. Y partir de un aspecto positivo: en España, la corrupción ya no sale gratis (como en la dictadura por ejemplo); de lo contrario, no estaríamos hablando de ello.

4. Sigo pensando que la actitud de la (extrema) derecha española, no digamos del obispado, es a pesar de todo hiperbólica, y poco interesada en encontrar soluciones a un problema ante el que ellos reaccionan mucho peor, y ante el que han hecho mucho menos (no digamos cierta derecha catalana). Lo que ocurre en España sirve para no ver (hay que agradecer a los corruptos por “conseguirlo”) la gravedad de la violencia, la disrupción y la corrupción (una presidencia en venta) de una Casa Blanca con antenas en Europa.

5. Quien se pueda afiliar que se afilie –y que no se vaya. Porque la mayoría de la gente es básicamente honesta y los partidos son un reflejo de esa mayoría. Y porque no solo se arreglará desde fuera, sin arremangarse y darse cuenta de las dificultades de atraer a los escasos mejores (¿definidos cómo?) a la trabajo-intensiva actividad política. La secretaria de organización sobre todo en un partido de gobierno es más importante que la ministra de economía: objetivamente, es una actividad con riesgo objetivo de corrupción, especialmente si también se ocupa de las finanzas, de proponer cargos y de protagonizar negociaciones opacas, no digamos si además dirige un ministerio. Nos preocupamos de que la ministra de economía sepa inglés, esté bien vista por Europa, tenga currículum, y no miramos el CV del secretario de organización (que sea mujer creo que reducirá algunos riesgos en cuanto a su comportamiento privado, que tiene consecuencias públicas).

6. Los partidos son necesarios, sin partidos no hay política, igual que sin empresas no hay economía o sin equipos no hay fútbol. El PSOE con todos sus defectos, actuales y pasados, es el partido de la democracia, de Europa, de las libertades y derechos, y del estado del bienestar. Con el PSC, es el partido del federalismo español y europeo. También hoy (con otros) el partido de la lucha contra el cambio climático, que lidera la socialdemocracia europea, que ha situado a Calviño y Ribera en la cima de cruciales instituciones europeas. Donde la socialdemocracia es pieza clave (pero débil) del hub democrático europeo en un mundo en guerra, con la guerra principal entre el neo-fascismo de Trump y Putin y los demócratas.

7. No es una cuestión de medidas u opciones, no bastará esta vez con un golpe de efecto. Ni se resuelve cambiando simplemente el líder (todos los posibles tienen contraindicaciones) ni siguiendo las instrucciones de quien se refugia en grupos de supuestos “renovadores” o “regeneradores”. Pero hay mucha gente buena y válida en el PSOE y a su alrededor, que hay que promover.

8. Se pueden cometer nuevos errores pero no los mismos errores. Siempre se cometerán errores. Como dice el politólogo Larry Bartels, la democracia se erosiona desde arriba: hay una gran base de votantes progresistas, y articular a partir de ellos una mayoría depende de ofrecer buenas alternativas, en un contexto donde los rivales tienen muchos medios y muy malas intenciones. ¿Habíamos olvidado a Juan Guerra y Luis Roldán? Hace falta un grupo con personas de distintas edades: gente mayor que se acuerde de la corrupción de los 1980 y 1990, gente joven que no esté contaminada todavía por la gramática parda de la política, y gente de mediana edad en plenitud de energías y que quiera arriesgar su carrera profesional por la política.

9. Pienso en un 1993 mejorado, cuando un Felipe González acorralado habló del “cambio del cambio” (y después: "he entendido el mensaje") y convenció a una justa mayoría situando a líderes prestigiosos ajenos al aparato en la dirección operativa (Obiols, Maravall) e hizo fichajes externos como el juez Garzón. Pero los cambios no tuvieron la profundidad necesaria para evitar el calvario de los tres años siguientes. Ayudaría erradicar (¿mediante mejores códigos éticos?) el cinismo, la chulería, la soberbia y la chabacanería que todavía existe en la política, y que está altamente (aunque no al 100%) correlacionada con la corrupción, es decir, que ayuda a predecirla.

10. Hemos conseguido muchas cosas, también podemos conseguir erradicar la corrupción. Igual que hay corruptos, hay muchas personas que se han negado a corromperse o a ayudar a los corruptos. Se ha mencionado en este sentido a algunos dirigentes (en la letra pequeña de las crónicas), pero hay muchos más que no salen a la luz, porque obviamente no es noticia. Si combatir la corrupción es necesario siempre, si nunca había que haber bajado la guardia, es más necesario que nunca en un mundo que pende de un hilo.


domingo, 8 de junio de 2025

La hipérbole permanente de la derecha española, en perspectiva

Mientras la distopía trumpista avanza desacomplejada por las calles de Los Angeles, la derecha española se manifiesta en Madrid llamando mafioso y dictador a Pedro Sánchez. 

Hay que valorar lo que dicen los portavoces mediáticos y políticos de la (extrema) derecha española, su tremendismo apocalíptico, en perspectiva, es decir, a la luz no solo de lo que está ocurriendo en Estados Unidos (tendencias autocráticas y mafiosas de verdad) sino también de:

-Lo que hizo el PP: corrupción (Bárcenas, Gurtel; Madrid, Valencia y Mallorca), mentiras del 11-M, su gestión económica.

-Otros casos de corrupción en España: Jordi Pujol, su familia y su partido. 

-Lo que hizo el PSOE bajo Felipe González, como explicaba el otro día Jordi Amat en El País.

-Los grandes riesgos del mundo de hoy: geopolíticos (Ucrania, Gaza), sanitarios, climáticos.

-La realidad de la España de hoy: economía, salud, libertades. Seguramente, somos el país del mundo donde se vive con mayor libertad y bienestar. Y si no lo somos (que no lo descarto), estaremos entre el puñado de los pocos de ellos que pueden aspirar a ello. Esto no impide ignorar los enormes problemas por los que atraviesa mucha gente, en la que no estoy seguro que los líderes conservadores piensen mucho.

Mientras tanto, una parte importante de la derecha española, aunque no toda, y especialmente la parte que se concentra en la capital Madrid, se deja caer por una pendiente de tonos claramente trumpistas (con amigos comunes como Milei), como reflejan los aspavientos de su presidenta actual, o la entrevista que concedió el otro día una antecesora suya.

Este tono hiperbólico no es nuevo, pero el contraste es mayor hoy, con todo lo que está pasando en el mundo y especialmente lo que emana del despacho oval de la Casa Blanca, que pone sencillamente en riesgo nuestro modo de vida, nuestra libertad y nuestro bienestar (que son inseparables).

Quizás con una retórica y una sustancia menos catastrofista y reaccionaria hubieran gobernado más años desde 1977 y no hubiera habido estos (insoportablemente largos para ellos -entre 1977 y 2025, o sea en 48 años, el centroizquierda ha gobernado 27 años, más de la mitad) paréntesis de gobiernos moderadamente progresistas, pero que han permitido algunos de los grandes avances de España en términos de bienestar y libertad. 

Los sectores que se beneficiaron del franquismo tuvieron éxito en dejar muchas cosas amarradas con el advenimiento de la democracia, pero entre ellas hubieran deseado tener más tiempo el poder ejecutivo y el legislativo. Quizás deberían preguntarse por qué no ha sido así. De las muchas maneras que la derecha tiene de doblegar a la izquierda, perfectamente estudiadas (por ejemplo en un artículo clásico de Adam Bonica y coautores), han elegido la más estruendosa, pero no sé si la más eficaz. No descarto que una vez más se hayan pasado de frenada y que 2027 sea una repetición de 1993.

Pedro Sánchez seguramente no tiene el carisma de Felipe González, ni su capacidad oratoria, ni seguramente su nivel cultural, pero ha conducido España por la senda europeísta, ha sorteado todo tipo de crisis sobrevenidas, ha frenado el desafío constitucional del independentismo catalán, y ha corregido desequilibrios económicos con más éxito que González y Zapatero. Y con una derecha más calmada, quizás sería también posible realizar un debate franco sobre sus defectos y los de su (nuestro) partido.