miércoles, 23 de marzo de 2016

No creerse ni a Shakespeare

El reciente libro de Ignacio Sánchez Cuenca "La desfachatez intelectual" desarrolla una idea que este sociólogo ya había planteado en trabajos anteriores, y que tiene que ver con la falta de rigor de algunos escritores cuando airean sus opiniones políticas en los medios de comunicación. El prólogo del libro puede leerse aquí. Simpatizo en líneas generales con lo que dice Sánchez Cuenca, aunque puede aplicarse tanto a los autores que menciona como a quienes aparentemente han sido sus víctimas. También hay que estar con las luces de alerta encendidas cuando algunos científicos sociales utilizan obras literarias como argumento de autoridad. Thomas Pîketty ha sido criticado por el economista norteamericano Steven Durlauf y un coautor suyo por ello. El otro día un politólogo catalán escribía en La Vanguardia que de las obras de Shakespeare se deducía que la lucha contra la corrupción no se vencía con cambios éticos, sino con reglas e instituciones. No sé si era este politólogo o el propio Shakespeare quien se contradice con las más modernas investigaciones económicas y politológicas, que llegan a la conclusión de que las reglas e instituciones no son sostenibles en ausencia de unas normas sociales y éticas compartidas. Todos los argumentos deben ser sometidos a crítica. El propio Sánchez Cuenca, en una entrevista sobre su libro, dice que la tendencia española a la desfachatez intelectual tiene que ver con una supuesta maldición de los países medianos. Sin embargo, yo recuerdo que escritores como Paul Auster y J.M. Coetzee fueron criticados tras un libro sobre su correspondencia por emitir juicios sobre los más variados temas sin ningún tipo de rigor (a pesar de que pertenecen a países de tamaño muy distinto, Estados Unidos y Sudáfrica). Dice el autor de "La desfachatez intelectual" que
"Creo que tiene que ver con lo que a veces se  llama la maldición de los países de tamaño medio. Si eres un país muy grande, como Estados Unidos, la esfera pública es tan enorme y hay tantos participantes que apenas existen figurones o referentes. Si eres un país muy pequeño, estás obligado por necesidad a internacionalizarte, a abrirte al exterior, como les ocurre a Portugal u Holanda. El problema está en los países de tamaño medio --Francia, Italia, España-- donde la esfera pública es grande pero no lo suficiente para que haya pluralismo, y tampoco es tan pequeña como para que sea necesario abrirse al exterior. Entonces se forma una esfera pública muy introspectiva, donde los figurones adquieren un protagonismo exagerado y adoptan una posición “casticista”, que ignora lo que pasa más allá de nuestras fronteras".
Yo creo que estas afirmaciones carecen del rigor empírico que el autor exige a quienes critica.

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