domingo, 27 de septiembre de 2020

¿Seguro que tenemos la peor clase política de la historia?

La pandemia que estamos viviendo va a cambiar muchas cosas. Y mejor que lo haga, porque seguramente es el aperitivo de algo mucho más dramático, que es el cambio climático, que requerirá cambios drásticos en las políticas públicas. Igual que la Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial fueron episodios traumáticos que cambiaron la sociedad, la economía, y la política, lo que está ocurriendo en estos momentos en todo el mundo va a acelerar cambios copernicanos, algunos de los cuales ya se estaban produciendo a paso de tortuga. Se percibe una necesidad de intervención mucho mayor del Estado en la economía, se siente una urgencia más clara por combatir las desigualdades, y se hace más imperativo desarrollar una acción cooperativa a todas las escalas, donde los diferentes niveles de gobierno se apoyen, y lo hagan con el sector privado y contando con los agentes sociales. A medio plazo, dado que debe aumentar la intervención del Estado en la economía, deberá aumentar la presión fiscal, especialmente en aquellos países, como España, donde lo que ingresa el Estado mediante impuestos en relación al PIB, está por debajo de la media europea, y muy por debajo de los países más adelantados del continente.

En este contexto, se está produciendo ya una lucha por imponer narrativas sobre qué agentes tendrán el control último de esta mayor intervención de lo público en la economía. En el marco de esa lucha evolutiva (no necesariamente consciente) interpreto lo que me parecen voces cada vez más numerosas y audibles que lamentan las insuficiencias de nuestro personal político y los partidos que lo representan. Estas críticas a veces tienen más credibilidad, y a veces tienen menos. A veces las pronuncian personas que han tenido responsabilidades políticas, sin haber destacado especialmente, o que están en cómodas poltronas en consejos de administración y, parapetados en columnas de medios prestigiosos, disparan contra una política sobre la que tienen más influencia que la mayoría de políticos profesionales.

Personas expertas podrán aportar datos sistemáticos que complementen mis impresiones subjetivas. Pero en lo que yo he vivido, en el contexto del socialismo catalán y español, y de la izquierda y el centro-izquierda en general, no me parece nada obvio que nuestra clase política, o nuestros partidos, sean peores ahora que cuando yo me afilié en 1982. El primer gobierno de Felipe González, junto a personalidades indiscutibles como Ernest Lluch y Enrique Barón, no incluía a ninguna mujer, y sí incluía a un ministro de agricultura que tenía miedo de ir en avión e iba en tren a las reuniones de Bruselas, cuando España estaba negociando la entrada en el club europeo. La mayoría de ministros no sabía inglés, y alguno terminó en prisión. De esos gobiernos surgieron grandes logros, como la expansión de la educación y la sanidad, y la entrada en las instituciones europeas, pero también fueron los gobiernos asociados a personajes como Juan Guerra o Luis Roldán.

No hay duda que la política se enfrenta a grandes retos, y que a todos interesa que haya más Obamas que Trumps. Por eso me parece positivo que los últimos gobiernos de España tengan mujeres y hombres, más personalidades cualificadas que hablen inglés, personas experimentadas en alcaldías y otras instituciones, personas viajadas y con experiencia europea, profesionales con cualificación... Seguramente alguien podrá encontrar algún ministro que no reúne este perfil, pero son una minoría. Por lo menos, no es nada obvio que, comparando el último gobierno de Sánchez, y el primero de González, la clase política haya empeorado. A no ser que se comparta esa opinión de los viejos profesores holgazanes, que creen que los alumnos cada año son peores, cosa que parece que ya se decía en tiempos de Aristóteles. También, comparativamente, el actual me parece un gobierno más representativo de la sociedad, no solo por razones de género, sino también por integrar en las instituciones a representantes de una fuerza política que, con todos sus defectos, representa a los sectores que se movilizaron en el movimiento del 15-M.

Entre las personas que acceden a la actividad política los hay mejores y peores, como en todas las actividades; los hay mejor intencionados y peor, como ha ocurrido siempre. Y reflejan las tendencias del conjunto de la sociedad. Tenemos a los representantes políticos que produce la sociedad, y surgen de la misma colectividad humana de la que surgen las profesiones docentes, médicas, legales, religiosas, etc. El discurso anti-política, aunque se haga desde posiciones de prestigio y con educación, encierra enormes peligros. Quien crea que la política debe mejorar, que se arremangue, que se afilie a un partido, o que cree uno nuevo, pero que no les haga el juego a los desestabilizadores desde el sofá de su casa.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Núria Gispert Feliu: la grandesa de la política amb minúscules

 En el debat mediàtic de vegades fan fortuna tòpics com parlar de "política amb majúscules" o d'anar "sense complexos". Però també seria fàcil trobar les virtuts d'una política amb minúscules, i d'una política que va molt en compte, que s'assegura on posa els peus. Crec que la figura de Núria Gispert Feliu, que ens acaba de deixar, s'adiu molt amb aquesta noció alternativa.

La Núria no va buscar mai els titulars, i se'n reia de les figures que busquen la notorietat o el titular fàcil, tot i que no era gens ingènua respecte al rol dels mitjans de comunicació en la vida social i política. Ni, al final de la seva vida, va ser gens ingènua sobre el paper de les xarxes socials, apuntant-se a Twitter precisament en els darrers mesos de la seva llarga i fèrtil trajectòria.

Quan jo la vaig conèixer a l'Ajuntament de Barcelona al 1991, ella ja tenia al darrera una llarga experiència com a activista i com a política, però es prenia la vida política com una prolongació del seu activisme. Eren els anys olímpics, i mentre els regidors amb noms més patricis s'enduien gran part del protagonisme, ella es va centrar en dues activitats que van marcar tant l'èxit del projecte de ciutat com les construccions i les noves infraestructures. Ella es va preocupar d'impulsar i donar vida als Centres Cívics de la Ciutat i, sobretot, va liderar les visites en autocars a les obres olímpiques. Les obres s'estaven fent d'esquena a la ciutadania, fins que van arribar els autocars de la Núria, contribuint a la immensa popularitat dels Jocs. La ciutat, amb la Núria, se'ls va fer seus.

Que la Núria era una bona persona ja ho ha destacat tothom. El que és oportú recordar és que era bona en el bon sentit de la paraula. Era bona sense ingenuïtat, no bona d'abaixar el cap i deixar que les coses passessin. Quan s'havia de plantar, es plantava, i quan havia de dir el que pensava, ho deia, o ho feia entendre. Una postura típica d'ella era baixar una mica el cap mentre pujava la mirada, com deixant clar que no perdia detall i que ho entenia tot. Apreciava a molta gent, i sabia fer arribar el seu afecte i la seva escalfor a un nivell molt personal (a mi en aquella època em preguntava que qui em planxava les camises).

Després de l'Ajuntament, va tenir una trajectòria com a responsable de Caritas a Catalunya i a tota Espanya. La seva energia no tenia aturador.

Núria Gispert Feliu ha representat i representa el millor de la política i de l'acció cívica (que per a ella eren el mateix): servei, solidaritat, generositat. No és un cas únic. Quan sento comentaris anti-política, penso en persones com ella. Per això i per raons estètiques, com a reacció contra la "business people" que freqüenta quan li convé els salons de l'esquerra, i també com a reacció contra una certa força bruta dels aparells, va estar al grup Nou Cicle, mantenint tot s'ha de dir una certa desconfiança cap els qui feien servir la plataforma amb menys vocació de generositat que ella.

En els últims anys va mantenir la militància al PSC i venia a actes de Federalistes d'Esquerres, on el seu net el periodista Marcel Vidal hi és molt actiu. Fa poc temps, la Núria no es va poder estar d'enviar una carta a un diari, criticant des del seu cristianisme la poteta que Puigdemont i Torra intentaven introduir per manipular l'Església catalana, com tantes institucions que intenten manipular. El nacionalisme suporta malament que algunes figures exemplars s'escapin al seu control, i per això Jordi Pujol la va tantejar en alguna ocasió. Ella es va mantenir fidel al socialisme i a l'esquerra fins al final.

El record de la Núria, d'una persona exemplar i recta, fa molt frapant el contrast entre la seva figura i la del relativament nombrós grup d'oportunistes, narcissistes i saltimbanquis que encara pul·lulen per la política catalana.


domingo, 13 de septiembre de 2020

Un año en Twitter

Tras muchas vacilaciones, en Septiembre de 2019 me incorporé a Twitter. Hace años un profesor amigo mío me dijo que “si no estás en Twitter, no eres nadie”. Yo no le creí, pero me influyó. Se han hecho realidad mis temores sobre el carácter adictivo de esta red social y la cantidad de ego y tiempo que absorbe. Ha tenido aspectos positivos, como estar más al día de lo último en investigación académica y en buen periodismo de opinión en inglés, así como de aspectos digamos sociológicos de mi profesión de profesor de Economía. También me ha servido para recuperar o reforzar amistades, aunque debo decir que quizás también me he alejado de otras personas que no están en Twitter. He intentado navegar entre dos aguas, las de mi profesión de profesor, y las de mi participación cívica y política. En España este estar entre dos aguas es poco habitual, pero creo que en otros lugares, especialmente en Estados Unidos, que los académicos y economistas se mojen en la esfera política es algo perfectamente normal y aceptado. Lo cual no implica que podamos comportarnos como energúmenos tribales, cosa que he intentado no hacer. Pero tanto mi profesión como mi militancia hacen que a veces me muerda la lengua, espero que para bien.

Uno de mis objetivos cuando entré a Twitter era ver más de cerca el lodazal, no porque yo disfrute de él, sino porque si es algo que forma parte de nuestra realidad política y social, hay que conocerlo bien, y solidarizarse con sus víctimas, compartiendo a veces, aunque sea a una escala menor, su condición. En algunas ocasiones he sufrido los insultos (asesino, ignorante, ñordo, carcelero,…) de la Policía Tuitera Patriótica (PTP), siempre al acecho inquisidor de quien se desvíe más de la cuenta del carril más vociferante de la sociedad catalana. Una vez se me ocurrió comparar a los sectores más radicales del independentismo con los Amish (que estos me disculpen), y como coincidió en un diálogo con otra persona que quería aislarles y otro que quería enviarlos a Cadaqués, ambos en tono irónico y siempre refiriéndose a un sector del independentismo, se organizó una fátua en la que llegó a intervenir Puigdemont y un magazine online en su editorial. Un diputado independentista llamó escandalizado al líder de mi partido, y un conocido, en lugar de dirigirse a mi, envió un mensaje a una persona mayor de mi familia preguntando irónicamente (con poca gracia a mi juicio, y sin que mi familiar entendiera nada), si estaría de acuerdo en hacer un referéndum en Cadaqués (pueblo que yo no había mencionado). El juego del teléfono convirtió un inocente comentario en un proyecto para mandar a todos los independentistas a un campo de concentración. Aunque silencié a mucha gente e intenté aislarme de la red un par de días, recibí mensajes de whatsapp y email que me recordaban la fátua en todo momento. Alguno me denunció a Twitter y Twitter me exoneró. En fin, nada comparado con lo que les ocurre a otros todos los días.

El día de mi primer aniversario en Twitter, la semana pasada, se me ocurrió sin pensar mucho comparar a Mas con Cameron y a Johnson con Puigdemont (calificando a estos dos últimos de despeinados e histriónicos, pero centrando la culpa de las derivas del Brexit y el "procés" en los primeros), algo que no es la primera vez que hago ni la primera persona que lo hace. Para mi sorpresa, tuve récord de likes y retuits, pero también una nueva avalancha de insultos. No los he leído todos, porque de nuevo he intentado aislarme. Pero vi uno muy curioso que me acusaba de los crímenes de los GAL porque había tenido “cargos” en esa época. Efectivamente, tuve “cargos” en las juventudes socialistas en los años 1980 y fui concejal 4 años en Barcelona entre 1991 y 1995. Si todos los que tuvimos “cargos” socialistas en esa época y en esos sitios somos responsables de los GAL (y de su desaparición, se supone), es una responsabilidad bastante compartida, incluyendo a personas como Pasqual Maragall, Marta Mata, Oriol Bohigas… y algunos otros que ahora destacan por su pasión independentista.

Por supuesto el odio offline y online se retroalimentan. Twitter no tiene la culpa de que Puigdemont llame a Iceta “malparido” y no pase nada. Pero Twitter, y otras redes sociales, creo que hacen poco por frenar el odio. De hecho, la polarización y la histeria hacen aumentar sus beneficios. Si utilizan algoritmos para mantener la adicción de sus miembros, su inteligencia artificial no debería tener problemas en detectar y frenar automáticamente palabras en idiomas derivados del latín que es obvio que son insultos que agitan el odio. No deberían esperar a que se denuncie.

Lo más decepcionante de Twitter es su carácter paradójicamente local. Aunque es una red global, la mayoría de interacciones son puramente locales y sobre temas locales. Mis tuits en inglés tienen casi nula repercusión en comparación con otros, excepto entre algunos amigos que hablan inglés y algunos alumnos internacionales que he tenido y algún colega. Veo más cosas de fuera, pero los de fuera casi no me ven a mi. He utilizado Twitter para difundir mis blogs (uno en castellano y catalán, otro en inglés), con poco éxito cuantitativo. La mayoría ya solo lee cosas cortitas. Seguiremos.


domingo, 6 de septiembre de 2020

FUSIÓN BANCARIA: INTERDEPENDENCIA, INTERÉS GENERAL Y EL TRISTE PAPEL DEL GOBIERNO CATALÁN

Los procesos de fusión o adquisición de grandes empresas focalizan la luz de la opinión pública por un tiempo en fenómenos políticos y económicos asociados al sector en que tienen lugar. No debemos pues desaprovechar la ocasión de aprender sobre las implicaciones del anunciado proceso de fusión entre Caixabank y Bankia para el sistema financiero y para la economía y la sociedad en general. Deberán ser las autoridades regulatorias y supervisoras las que evalúen finalmente, en el marco del Estado de derecho español y europeo, y con toda la información a su disposición, la deseabilidad con o sin condiciones de la transacción que finalmente se proponga. Pero, como es lógico, el debate público está abierto sobre las implicaciones económicas y políticas de la fusión.

El anuncio de fusión responde al mensaje del Banco Central Europeo sobre la necesidad de consolidación bancaria en Europa. Aunque existe un dilema entre solidez y estabilidad financiera, por un lado, y competencia, por el otro, las autoridades europeas parecen haber concluido que en estos momentos existen mayores riesgos para la estabilidad  que para la competencia. Las fusiones, sin embargo, pueden condicionarse, como se hace muchas veces, para asegurar, entre otras cuestiones, que se mantienen unos niveles aceptables de competencia bancaria. Desde un punto de vista europeísta, sería deseable que la consolidación exigida por el BCE en algún momento tuviera lugar a través de fusiones transfronterizas. La Unión Bancaria Europea, sin embargo, no está suficientemente madura para que esto ocurra de inmediato. Probablemente acabará ocurriendo, y en este sentido es deseable empezar en España por tener entidades suficientemente sólidas como para que puedan participar en su momento en la consolidación transfronteriza sin diluirse su conexión con la comunidad. Lo ha explicado muy bien el profesor Xavier Vives, probablemente el principal experto sobre el dilema entre competencia y estabilidad en el sistema bancario. Ha argumentado también que ante los bajos tipos de interés, las exigencias de capitalización y la creciente competencia disruptiva de agentes que operan con tecnologías digitales (fintech), las fusiones de bancos para encarar con solvencia el futuro son imprescindibles.

La ciudadanía española y catalana, y los clientes de las entidades que han anunciado su fusión, pueden beneficiarse de una mayor solidez y estabilidad al final del proceso, si se gestiona bien por parte de los equipos ejecutivos y todos los expertos que se movilizan en estos casos (bancos de inversión, despachos de abogados), y se condiciona bien, si es necesario, por parte de los poderes públicos (en este caso en su doble rol de propietarios y reguladores). Esta labor condicionante por parte de los poderes públicos es especialmente relevante para las personas trabajadoras de las entidades afectadas y para las comunidades, que deben poder acceder tras la fusión a mejores servicios financieros en condiciones de equidad, así como beneficiarse de la  labor social de la entidad resultante y sus fundaciones asociadas.

Sobre la recuperación de la aportación del Estado a Bankia, como ha argumentado la columna “Lex” del Financial Times, como resultado de la fusión los contribuyentes españoles ya no serán propietarios de un banco débil. Serán propietarios de un porcentaje más pequeño de una entidad más sólida, solidez imposible de alcanzar en las condiciones actuales a través estrictamente de un “banco público”  español. El rol del poder público es facilitar la fusión si hay razones para ello y condicionarla (a través de la propiedad y la regulación) para que opere en beneficio del interés general.

En este sentido es llamativa la costosa (para la sociedad) irrelevancia del Gobierno catalán. En condiciones normales, el ejecutivo de la Generalitat debería ser parte activa en la preparación y condicionamiento de la fusión. Pero esta vez se ha enterado por la prensa y carece, por deméritos propios, de cualquier capacidad de influencia para hacer algo por las personas trabajadoras, por la población consumidora o por las comunidades afectadas por la fusión. Luchando por la independencia, han caído en la irrelevancia. En cualquier país de gobernanza compleja, todos los poderes públicos se movilizan para condicionar este tipo de fusiones. Pero una pre-condición para eso es que los poderes públicos sean sólidos, tengan prestigio, sean influyentes. No es el caso del actual gobierno catalán. Habrá que esperar a uno mejor. El actual  se limita a “pedir” que la sede social de la entidad regrese a Barcelona. Piden (en esto ya no se atreven a conjugar uno de sus verbos preferidos, “exigir”) deshacer lo que ellos mismos, con su comportamiento irresponsable en 2017, provocaron. Los mismos que apuestan por una “confrontación inteligente”, y que controlan más que nunca el gobierno autonómico, piden que vuelvan empresas que se fueron temerosas de la inseguridad jurídica provocada por la confrontación de 2017, que entre otros fenómenos generó una fuga de depósitos bancarios. Pese a que desde el principio los dirigentes independentistas minimizaron el problema o culparon a otros, como dijo Mas-Colell (recientemente; por desgracia, no cuando se produjo), la fuga de empresas hizo mucho daño, y los líderes independentistas radicales que controlan el “procés” siguen sin reconocer la gravedad del problema y su responsabilidad en él (“allá ellos”, dijo Puigdemont a finales de julio de este año). Posteriormente, el vicepresidente catalán Pere Aragonès ha pedido una rápida salida del Estado de la propiedad de Bankia o la empresa fusionada, para “evitar interferencias políticas”. Sin embargo, está claro que la presencia se mantendrá por el tiempo que sea necesario, precisamente para proteger los intereses de los contribuyentes, como ha explicado la vicepresidenta Calviño. Ojalá los dirigentes independentistas mostraran este celo sobrevenido por la división de poderes y la interferencia política en tantas otras cuestiones. Los sectores independentistas más radicales, parapetados en la Cámara de Comercio de Barcelona, se han mostrado contrarios a una fusión que tiene el potencial de reforzar a la principal institución financiera que opera en Cataluña.

Vamos hacia un sistema financiero, y una economía, más integrados e interdependientes. Algunos de los que decían que lo que era irreversible era la independencia, o que como muy tarde ocurriría en la siguiente generación, quizás vayan recapacitando a la luz de este anuncio de fusión (que daría lugar a una entidad reflejo de la pluralidad de España) y de la aprobación de los fondos Next Generation EU. Y vayan viendo que lo que es irreversible es la interdependencia y la integración de la economía catalana (y por lo tanto, el gobierno de la economía) en una España plural y una Europa unida en un proceso federalizante (este es el “proceso” de la realidad de verdad, no la paralela). Necesitamos proyectos de envergadura y cooperativos. La idea nacionalista de “nosotros solos” va contra el espíritu europeo y contra las necesidades de responder a retos globales. Como han dicho prestigiosos profesores de Esade, estamos ante una operación de Estado que nos puede hacer más fuertes en Europa.

A la espera de que en las próximas semanas y meses se confirme la fusión, si esta se consolida paradójicamente ya no podrá hablarse del fracaso en general de las cajas de ahorros, si el núcleo propietario de una de ellas acaba impulsando la renovación del sistema bancario español. Será el triunfo de un capitalismo híbrido, con un rol importante de la propiedad pública (por lo menos, temporalmente) y de una fundación sin ánimo de lucro, que será la principal propietaria de la entidad fusionada. Cabrá exigir a la institución resultante que muestre la sinceridad de quienes han venido haciendo autocrítica del capitalismo, así como un compromiso reforzado por la responsabilidad social corporativa, la equidad y la protección del medio ambiente.