domingo, 27 de marzo de 2016

Institucionalizar la fraternidad

Como ha expresado Manuel Cruz, el federalismo representa la forma política de la fraternidad. "El federalismo encarna, materializa, institucionalizándolos, unos valores, esto es, no se limita a apelar a ellos como horizonte último hacia el que tender, ni siquiera como idea reguladora para tutelar nuestras acciones". Quien apela a la solidaridad para arañar un titular pero se pasa el resto del año boicoteando cualquier intento de institucionalizar la fraternidad (el federalismo) se pone en evidencia. El federalismo pretende centrar el debate en cómo mejorar el funcionamiento de los mecanismos de representación política, ejercicio de las competencias de intervención del estado en la economía y rendición de cuentas, en el horizonte de una arquitectura institucional eficiente y equitativa que reconozca que la ciudadanía en el siglo XXI está gobernada por distintas administraciones, en nuestro caso desde los ayuntamientos hasta la Unión Europea. Y en algunas cuestiones, por organismos de carácter global, de creciente peso. Además de un gobierno multinivel, el federalismo tiene también como objetivo que estos gobiernos tengan una serie de características y actúen de una determinada manera. En primer lugar, estos gobiernos deben rendir cuentas directamente a la ciudadanía en un marco coherente de pesos y contrapesos, a diferencia de lo que ocurre en un sistema confederal, donde los gobiernos rinden cuentas a otros gobiernos (como todavía ocurre excesivamente en la Unión Europea), y como hubiera ocurrido en Estados Unidos sin la convención federalista promovida por Madison y Hamilton que dió lugar a la Constitución. En segundo lugar, los distintos gobiernos se reconocen mútuamente, cooperan y practican el gobierno compartido en una serie de tareas donde se considera que el input de varios gobiernos es necesario porque legitima el resultado o porque es crucial para que las intervenciones públicas sean eficaces. En tercer lugar, el conjunto promueve una cultura de lealtad y fraternidad, lo que tiene la virtud económica adicional de hacer más sostenibles las reglas y las disposiciones legales ante las cuales los agentes económicos y sociales articulan sus planes. El federalismo nos provee de las mejores ideas para aportar un marco institucional que resuelva los grandes problemas sociales y económicos del siglo XXI. Hoy la mayor parte de los ciudadanos que viven en democracia en el mundo lo hacen ya en federaciones y lo harán aún más si conseguimos acelerar (aunque siempre será un proceso inacabado como en los Estados Unidos) el proceso para hacer de España y la Unión Europea auténticas federaciones. El nuevo federalismo es la mejor herramienta para resolver los problemas sociales. Es una falacia que hayan dos ejes, uno “social” y otro “nacional”. Las propuestas que se hacen respecto a las cuestiones federales afectan directamente a las cuestiones sociales. El eje social de algunos sectores en España (y Cataluña) es consolidar con mutaciones diversas una élite en el poder utilizando el relato nacional y la solidaridad puntual. Pero hoy en día no se puede luchar contra las desigualdades, el fraude fiscal, el cambio climático, la inestabilidad financiera, en el marco del estado nación. No tiene ningún sentido ser agnóstico en la cuestión federal y decir que se es de izquierdas o ser agnóstico en la cuestión social y decir que se es independentista o decir que se es partidario de las esencias hispanas. Los proyectos sociales y económicos requieren un marco institucional, no todo puede combinar con todo (por ejemplo, el lema “independencia para cambiarlo todo” que algunos sectores enarbolan desafía la lógica más elemental en el mundo de hoy). Los responsables políticos tienen el deber de presentar proyectos donde expliciten en qué marco institucional viable y realista harán posible sus proyectos sociales, sean liberales, socialdemócratas o de izquierda radical, para que podamos evaluar su viabilidad y sus implicaciones éticas. Los líderes independentistas deberían explicar cómo piensan combatir la desigualdad y el fraude fiscal de un estado independiente que inicialmente estaría desconectado del resto y no sería reconocido, y que en el mejor de los casos se tendría que someter a los grandes movimientos de capital. Quienes se aferran a una idea primitiva de la soberanía nacional en un estado recentralizado deberían explicar como es eso compatible con una población de identidades plurales que consienta democráticamente las reglas, y con una moneda única transnacional. Una economía estable y próspera requiere hoy instituciones estables y legitimadas, apoyadas por grandes mayorías que pueden discrepar en las políticas concretas. 

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