domingo, 19 de febrero de 2017

Razón y emoción en la acción colectiva

Es fácil apelar a la emoción y a la indignación y proponer soluciones aparentemente radicales ante problemas que se arrastran. Otra cosa es apelar a la razón y extraer las consecuencias últimas de una crítica a lo que ocurre y de qué se podría hacer. Por ejemplo, sorprende mucho que algunos líderes independentistas catalanes se sumen sin ruborizarse a campañas como la del Corredor del Mediterráneo o a la de acoger refugiados. Sin una vocación federal de cooperación con el conjunto de España y el conjunto de Europa, es imposible que alguien escuche a las autoridades catalanas, y difícilmente éstas podrán tener credibilidad alguna en conseguir unas infraestructuras más eficientes para el sur del continente. El Corredor del Mediterráneo, como ha explicado Josep Vicent Boira, es un proyecto europeo ejecutado en parte por España. Algo parecido me parece que ocurre con la chocante participación de consejeros del gobierno catalán, incapaces de ser recibidos en ninguna cancillería o en ningún despacho de la Comisión Europea, en manifestaciones denunciando parálisis en la recepción de refugiados. La política de refugiados requiere un cambio hacia una política federal europea de refugiados a la que Cataluña por supuesto puede contribuir, siempre que recupere una vocación federal que tuvo en tiempos de los Juegos Olímpicos de Barcelona, por ejemplo. El último libro de Javier Cercas, El Monarca de las Sombras, cuya lectura he comenzado, va acompañado de una joya de entrevista con el autor donde explica que la sentimentalidad de algunos líderes de hoy le recuerda los encendidos discursos de José Antonio Primo de Rivera, que eran muy eficaces para enardecer a las masas en las España de los años 1930. Por supuesto, apelar a la razón no significa dejar al nacional-populismo el monopolio de las emociones, pero eso no nos impide recordar cuáles son las consecuencias últimas de apelar a la razón. Quizás una vía para hacerlo sin permitir que otros monopolicen las emociones sea apelar a un uso más eficaz de narrativas convincentes, como argumentan en sus trabajos los economistas norteamericanos (laureados con el premio Nobel) Shiller y Akerlof. Si vamos diciendo que el federalismo es una mera cuestión territorial, no me extraña que otros monopolicen las emociones.



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