jueves, 20 de marzo de 2014

Evitemos la plutocracia

Agenda Pública publica hoy mi artículo "¿Es de mala educación hablar de la desigualdad?". Entre otras cosas, digo lo siguiente:
Los intentos de capturar el proceso político pueden no ser automáticamente un éxito, pero a medida que las rentas del capital tienden a crecer más que las rentas del trabajo (según lo explicado por Piketty) la tendencia es a un riesgo creciente de una plutocracia: los enormemente  ricos serán cada vez más capaces de comprar medios de comunicación, clubs deportivos, y tal vez incluso países enteros en el futuro, mientras que el control de sus fortunas puede escapar de las autoridades fiscales nacionales (Piketty calcula la evasión fiscal en un 10% del PIB mundial). La democracia no conduce a la reducción de la desigualdad tal vez porque la democracia no está funcionando lo suficientemente bien. Probablemente veremos en el futuro que personajes como Bill Gates, el cantante Bono o el entrenador de fútbol Josep Guardiola (amigo del presidente catalán de centro-derecha, del nuevo primer ministro italiano de centro izquierda, y de la familia real qatarí de naturaleza feudal) tendrán cada vez más peso en el proceso político, muchas veces promoviendo causas que les hacen populares, pero probablemente nunca cuestionando los mecanismos que les permitan amasar enormes fortunas. Hay razones pues para esperar el aumento de las presiones hacia la privatización de la política.
Es urgente e importante por lo tanto buscar fórmulas para fortalecer el control público del proceso político. La democracia está siendo una víctima de las crecientes desigualdades, y a la vez éstas sólo se pueden frenar mediante un mejor funcionamiento de la democracia. En el primer siglo de evolución del estado del bienestar, las instituciones basadas en el contrato social (impuestos, sindicatos, educación, salud pública, seguridad social) que construyeron una sociedad más cohesionada eran nacionales. Algunas podrán seguir siéndolo, pero con los mercados globalizados, deben desarrollarse nuevas instituciones que cumplan objetivos parecidos a escala internacional. Los Estados-nación no son suficientes para luchar contra el aumento de las desigualdades, ni para frenar la concentración de riqueza y de poder a escala planetaria. La política nacional es insuficiente y tiende al populismo, precisamente porque es en gran medida impotente: a la oferta de los plutócratas mediáticos se añade la demanda de una política nacional ineficaz que gesticula colaborando con las estrellas para parecer todavía relevante. Es hora de ponerse manos a la obra y establecer una auténtica agenda pública internacional.

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