domingo, 9 de octubre de 2011

La marcha (por Cherie Zalaquett)

(25 de septiembre de 2011)
Amaneció lloviznando; una garuga densa y persistente caía sobre Santiago, pocas horas antes de la marcha. No quise ver las noticias, me asomé al balcón y respiré hondo para percibir la temperatura, la atmósfera previa a un día de marcha estudiantil. El ala sur de la terraza estaba húmeda con gotas que resbalaban agitadas por el viento, pero el ala oeste totalmente seca. “Esto quiere decir que va despejar”, pensé, tratando de serenarme. No se trataba esta vez de cualquier marcha, no podíamos fallar. El gobierno había insistido a través de sus medios acólitos que el movimiento estudiantil estaba desgastado y dividido, que ya su capacidad de convocatoria estaba mermando. Si ello era así, ¿de dónde sacaríamos esperanzas? Tendríamos que acostumbrarnos de nuevo al paisito borrego en que hemos vivido desde el retorno a esta democracia falsa, puramente formal y tan semejante a la ciudad burguesa de Descartes. Así como Descartes se construyó una ciudad provisoria, con una moral provisional para esperar el futuro y el burgués nuevo, así nosotros nos construimos una democracia precaria para librarnos de Pinochet. Así vivimos 20 años, con la decepción atascada en la garganta, pero resignados acumulando rabia. Muchos se murieron en ese estado, los que quedaron aprendieron a vivir como entes, “inxiliados”, contemplando la noche larga a través de los barrotes del mercado y encogiéndose de hombros ante cualquier ilusión. Otros más radicales, como los mapuche, quemaban plantaciones forestales, cortaban caminos, hacían huelgas de hambre, ante la indiferencia sorda de una masa esclavizada a los créditos financieros. Trabajar para pagar era la única consigna. El colonianismo reeditado en una versión postmoderna del capitalismo global.
            Mientras el chorro de la ducha caía sobre mi cuerpo,  no sé por qué me acordé de Pat Henry y los diablos azules, tocando los temas “Te quiero” y “Jugando en la playa” a fines de los años 60, en las giras del show 007, en el teatro Plaza de Vallenar, cuando tenía 11 años y la década de las más hermosas utopías y revoluciones se deshojaba ante mí sin que pudiera comprenderla. Nunca me perdonaré haber sido tan joven en esos años como no puedo perdonarme ser tan vieja ahora que esa atmósfera ha vuelto para enseñarnos a soñar. Me pregunto una y otra vez porque nací desfasada de época, con la trayectoria biográfica cortada abruptamente por el golpe y la dictadura.  Sólo me queda el eco de las canciones que oía en esos años por la radio y que ahora puedo recapturar en You Tube. La música aprisiona los recuerdos, los pone en contexto.         
            El mocascino está caliente y dulce camino al bus que me lleva a la universidad. En el trayecto pasamos por el Museo de la Memoria. Pienso en esos cuerpos sacrificados en la lucha por el capitalismo y me estremezco al ver que sus huellas están ahora al servicio del mismo capitalismo que combatieron;  esperando un mercado de turistas, un tour del horror que se reedita cada día en ese museo construido por un proyecto CORFO para capitalizar el dolor.
            El bus se detiene en la puerta lateral de la USACH, ya están los vehículos verdes de la represión apostados y al acecho, los pacos, los culiados de siempre ¿por qué ese destino fatal de brazo armado del fascismo para esos sujetos populares obligados a luchar en contra de su propia clase? El paco que asesinó al estudiante en Macul es de apellido mapuche. La ideología capitalista lo “desetnizó”.
            Camino hasta la oficina de mi profe a buscar un libro que debo leer para el lunes. El contrasentido de ser estudiante de doctorado, mi profe es una jovencita con anteojos de Mafalda, apenas pasa los 30 y ya está post, post, post doctorada. Algo huele mal en el aire grisáceo que se estrella contra los jardines de la USACH. Hay una sensación de despoblado flotando por todas partes. ¿Irá a fallar la convocatoria?, me pregunto con miedo de profecía autocumplida. Son extrañas las áreas verdes en el patio de esa universidad popular. No se ven como sobrios jardines de campus; la vegetación está proletarizada como la arquitectura de casa fiscal, vecina de bloques de departamentos con ropa colgada en las ventanas. Ni siquiera la piscina tiene en la USACH esa identidad de elite que es tan nítida en el campus Oriente de la UC.  Pero por eso mismo escogí estudiar donde está el mundo popular. Todo lo elitista me da alergia.
            Tengo miedo otra vez. Miedo de que la gente no salga a la calle y se acoquine una vez más en su vida burguesa, en su crédito, en su deuda, en su suelducho o en su sueldazo, en su cuota mezquina de poder funcionario. La profe está en una reunión en su pequeña oficina donde palillos de incienso disimulan el olor a cigarrillo. Mientras me pasa el libro, me cuenta que está furiosa con la ultraizquierda y no irá a la marcha. Ayer desbarataron una votación destinada a dirimir la vuelta a clases y el cierre del semestre. Los anarcos del partido “Armas de la crítica” se negaron a prestarse al chantaje del gobierno y destruyeron el lugar de la votación.  “¡Sólo quieren la democracia cuando les conviene!”, reclama la profe. Me dan ganas de decirle: “Mocosa, no hay nada que esperar del sistema”, pero sus aires post, post doctorales me inhiben, porque aunque no he roto ninguna votación ni he tirado piedras y probablemente no lo haré, me gustaría que todos se fueran sumando a una huelga indefinida hasta hacer caer, no al gobierno, sino al sistema completo. Antes pensaba que era imposible, ahora creo que es sólo cuestión de resistencia y coraje. Pero es algo que nunca hemos tenidos los chilenos en 200 años de historia: coraje para sacudirnos la dominación. “El peso de la noche” de la era portaliana nos pena hasta hoy. “Estoy pensando si ir o no ir. No creo que sea bueno regalarles otra vez cien mil personas en la calle”, dice la profe. Ya sé que lo tiene decidido y no irá la marcha, me digo mientras camino hacia la puerta por los pasillos despoblados de la USACH. ¿Cuántos indignados con los ultras se van a restar?,  precisamente ahora que necesitamos una demostración de fuerza.
            En el portón hay guardias privados con uniforme azul controlando el acceso. Instintivamente me llevo la mano al bolsillo y toco mi TNE, mi tarjeta estudiantil. Pero rápido comprendo que no la necesitaré para salir.
            Afuera me está esperando mi compañero de doctorado, Alex Zapata, con su mochila a la espalda y su gorro de encapuchado. Fumamos nerviosos y nos movemos con dificultad entre los estudiantes que empiezan a congregarse en la vereda. Miramos la hora: 10:30 de la mañana. Poca gente.  No tenemos hambre, sólo ansiedad. Bajamos al Metro a esperar a nuestro compañero Alex Ibarra, el huaso filósofo de Maule. Poco a poco la estación del metro se empieza a repletar. Bajan de los carros cientos y cientos con banderas y lienzos, otros con bombos y empiezan a protestar ahí mismo en la estación. Nos miramos con Alex, sonreímos, suena el celular, no se escucha nada. Es Alex Ibarra atrapado en la Estación Universidad de Chile nos envía un mensaje de texto que pronto se unirá a nosotros. La alegría nos estremece al ver esas hordas que bajan de los carros gritando. “Vamos compañero, hay que ponerle un poco más de empeño. Salimos a la calle nuevamente. La educación chilena no se vende. Se defien-de”.
            ¡Que linda es la izquierda! ¡la cultura de izquierda! Es una utopía permanente de creer que porque somos más podemos ganar y es mentira, los menos nos ganan y nos han ganado siempre, porque tienen el poder. Ha sido así en toda la historia, pero aquí estamos de nuevo soñando en una boletería de Metro que podemos cambiar el mundo ¡con una marcha estudiantil!
             ¡Ingenuos somos y seremos siempre!
            Estamos convencidos que la marcha nos ayudará y abrazamos a Alex Ibarra cuando baja del Metro ¡con un amigo!, uno más que sumar a esta convocatoria. Nos abrazamos felices. Esta felicidad nos durará hasta el final.
            Subimos las escalinatas de Estación Central y tomamos colocación en el medio de la calle. Las banderas y los lienzos flamean al compás del viento primaveral“¡Vamos compañeros!”. Yo que nunca bailo. En las marchas, bailo. La danza, como dice Sartre en el prefacio de Los condenados de la tierra, de Franz Fanon: “Los colonizados…bailan; eso los ocupa; relaja sus músculos dolorosamente contraídos y además la danza simula secretamente, con frecuencia, a pesar de ello, el No que no pueden decir, los asesinatos que no se atreven a cometer. En ciertas regiones utilizan este último recurso: el trance.  Lo que antes era el hecho religioso en su simplicidad, cierta comunicación del fiel con lo sagrado, lo convierten en un arma contra la desesperanza y la humillación”.  
            Sólo con tomarse la calle se inicia, una vez más, la reversión del terrible proceso de la dictadura. Desde la polis griega que la política se hace en la plaza, en el ágora, es decir, en el espacio público. Hacer política pasa por tomarse el espacio público, pero eso la derecha no lo sabe ni lo entiende ni lo quiere entender. Lo que la dictadura hizo en definitiva para despolitizar al país fue privatizar el espacio público, convertirlo en un lugar peligroso, restarle todo sentido colectivo a la calle. Ese es el proceso que se está revirtiendo hoy.
            Vamos adelante por el espacio público ya tomado, avanzando hacia la meta. ¿Cuál es la meta? La física, la Plaza Almagro. La espiritual, no sabemos, pero marchamos igual. Decididos, animados, el sueño de la izquierda depende de la salud de nuestros pies, de la capacidad de caminar. Fui al traumatólogo, me puse plantillas, me compré zapatos especiales para que mis pies puedan acompañarme en las marchas y en la danza. Nuestra alegría depende de la capacidad de cantar en el camino, de soportar el hambre, de superar el aburrimiento que supone caminar tantas cuadras. Pero aquí estamos, dispuestos con toda la voluntad. Alex Ibarra es parte del cordón Sur. El cordón industrial sur del tiempo de Allende, que se levantó en las marchas después de 38 años de sumisión.  Es un huaso de Maule, filósofo, porque no le gusta hablar y porque hay tiempo de leer en el campo. Alex Zapata, el proleta, le gusta jugar al encapuchado, provocar a los pacos con piedras, es el profesor de historia increíblemente joven que tiene la paciencia de tragarse la realista convicción de que nunca verá la revolución, pero igual marcha y apedrea cuando puede. Y yo, una burguesa que ha hecho lo posible por renegar de su clase. Me he aprovechado de la condición de soltera sin hijos para permitirme todas las radicalidades. La primera de ellas organizar mi vida para estudiar y marchar. ¿Qué otro sentido podría tener la vida para mí?
            Llegamos hambreados a la Plaza Almagro. Está tan repleto que no se divisa el escenario, escuchamos la música de lejos. Ya cumplimos ¿y ahora? Pensamos aburguesadamente: mejor irse, igual va a quedar la crema. Yo estoy muy vieja para me moje el guanaco. Alex Ibarra tiene que hacer clases en una universidad privada, Zapata se acuerda que es alérgico a la lactosa, que no come carne, que su mamá lo está esperando, que su hija se puede desmayar. Yo pienso que no he terminado el informe de lectura de Leopoldo Zea y que el profe José Santos me lo va a cobrar igual. Todos sabemos que ahora vienen las bombas lacrímogenas y las piedras. No queremos ser parte de eso. Pero estamos tan felices, la convocatoria fue maravillosa: 180 mil personas en la calle. Cumplimos, si cumplimos. Ahora a retomar nuestras vidas grises. 

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