lunes, 24 de julio de 2017

La teoría de la elección social tras el referéndum del Brexit (y II)

-¿Es problemático simplificar a dos opciones las alternativas que se presentan a los votantes?

La simplificación es una virtud, porque añade claridad y facilita la legitimidad de los procesos democráticos. Los recursos cognitivos del ser humano son limitados y, como cualquier persona que haya pasado un día en un colegio electoral puede atestiguar, la comprensión del proceso por parte de todos los votantes es crucial para garantizar la igualdad en el derecho al voto. Sin embargo, la simplificación de procedimientos que en esencia son complejos tiene también inconvenientes. Por ejemplo, plantear al electorado que elija entre dos (o más) opciones discretas cuando en realidad el problema es contínuo y multidimensional resulta problemático. La elección social no presenta muchos problemas cuando sólo hay dos opciones. No hay mucho margen para el voto estratégico, hay poco riesgo de indeterminación, las alternativas irrelevantes no tienen ninguna influencia (no hay ninguna en esa etapa), y no hay diferencia entre pluralidad y mayoría. Se produce una apariencia de claridad y simplicidad, pero en realidad la batalla ha sido anterior: la simplificación a dos no habrá sido inocente. Puede haber manipulación en la reducción de fenómenos complejos a sólo dos opciones. Una vez que sólo hay dos opciones, la batalla por la elaboración ha terminado.

En el artículo anterior en Piedras de Papel me centraba en algún problema que la teoría de la elección social plantea en algunos referéndums: votando entre dos opciones cuando en realidad hay tres (o más), o votando por el sistema de pluralidad posibilitando votar por sólo una de las tres, puede que quede excluida la opción preferida por el sistema de Borda o puede quedar excluido el ganador de Condorcet (y que gane la alternativa más detestada o incluso detestada por la mayoría), o puede ocultarse la ausencia de un ganador de Condorcet.


-¿Son todos los criterios de Arrow igual de razonables para el caso de un referéndum de soberanía?

El criterio de neutralidad exige dar las mismas oportunidades a todas las alternativas sometidas a votación. En los referéndums de tipo constitucional o de soberanía una alternativa suele ser el status quo. En mi opinión, cuando el status quo tiene lugar en una sociedad democrática, debe tomarse como un punto de partida razonable, del que sólo deberíamos alejarnos mucho si hay un consenso igual o superior que el que lo produjo. Cuando hablamos del status quo sabemos de qué estamos hablando. Ahora parece que aquellos que en el Reino Unido votaron por abandonar la UE hace aproximadamente un año no sabían exactamente qué estaban votando. Los votantes comparaban algo cierto y conocido, aunque no perfecto (el status quo), con algo incierto y desconocido (aunque muchos se creyeron que era cierto). Además, puede que las razones de su voto no tuvieran que ver ni siquiera con esta comparación. En estos casos, la neutralidad entre opciones debe ser revisada, como argumentan los economistas Dasgupta y Maskin en un trabajo académico (nota 4 de la página 950): "Es difícil oponerse al criterio de neutralidad en el marco de unas elecciones políticas. Pero si en cambio los "candidatos" son distintas enmiendas a la Constitución de un país, entonces puede ser deseable otorgar un trato especial al status quo -es decir, a ningún cambio- y asegurar así que el cambio constitucional se lleva a cabo sólo con un apoyo abrumador", como sucedió  exactamente por ejemplo con el Acuerdo del Viernes Santo irlandés, donde el apoyo abrumador tuvo lugar en el referéndum (Norte y Sur de Irlanda) y antes de él, con la participación en la elaboración del consenso de la República de Irlanda, el Reino Unido, la UE y los EE.UU.

La importancia de las super-mayorías y los requisitos de participación que muchos analistas y sistemas legales sugieren para los referendos van en la dirección precisamente de deshacer la neutralidad entre el status quo y las reformas, especialmente cuando éstas son radicales. Por supuesto, el riesgo de exigir super-mayorías es  el obstruccionismo y la capacidad de generar minorías de bloqueo, por lo que sería razonable acompañar las super-mayorías de mecanismos para incentivar que se alcance un acuerdo, como en los cónclaves papales o con los límites de tiempo para llegar a acuerdos con costes para las partes en caso de desacuerdo, como ocurre con el artículo 50 de los tratados de la UE, que rige las negociaciones para que un país se salga de ella.


-¿Qué otros “criterios razonables” podrían agregarse?

A la luz de la experiencia del referéndum del Brexit y de otros que se han producido, analizados por ejemplo en los trabajos del politólogo Matt Qvortup, se han sugerido otros “criterios razonables” que deberían cumplir los plebiscitos, especialmente aquellos planteados para decidir cuestiones de soberanía. Estos criterios podrían ser los de cohesión, claridad y estabilidad.

Cohesión. Un referéndum de autodeterminación sí / no puede ser una causa de gran división en sociedades internamente diversas. Si tomamos como ejemplos el referéndum de Quebec de 1995, el de Escocia de 2014 y el del Brexit de 2016, en todos ellos se dio un resultado muy ajustado: parece que estos referéndums con dos opciones tienden a dividir el electorado en dos mitades y a producir campañas muy crispadas y emotivas, con riesgo para la convivencia pese a tener lugar en sociedades con una larga tradición democrática. La opción que se imponga, de forma quizás irreversible durante mucho tiempo, define un modelo de sociedad por el que expresamente ha votado en contra casi la mitad de la población. En qué situación queda esta inmensa minoría en cuanto a riesgo de discriminación e incomodidad, debería ser motivo de preocupación.

Estabilidad. Varios observadores han apuntado el riesgo de contagio o efecto dominó, tanto interno como externo. Algunos podrían aducir que esto no debería ser un problema, dado que celebrar más referéndums sólo puede ser todavía más democrático. Sin embargo, es difícil encontrar partidarios de la secesión de un territorio que admitan el derecho a independizarse de partes importantes de este territorio. La existencia de oleadas de procesos de independencia y referendos sugiere que se producen efectos de imitación, que pueden poner en guardia a dirigentes de potencias con gran peso en la escena internacional, incluso cuando algún referéndum podría ser deseable para encauzar un grave problema de convivencia o derechos humanos.

Claridad. Tras el último referéndum de Quebec en 1995 el Tribunal Supremo de Canadá hizo valer su criterio de que era necesario tener en cuenta el principio de que las opciones que se presenten al electorado deben ser claras y evitar la confusión, y de que las consecuencias de lo que se decide deben ser claras y lo que se decida debe ser aprobado por una mayoría también clara. La Ley de Claridad aprobada con posterioridad por el Parlamento aplicó estos principios al caso concreto de Canadá (como ha apuntado Alberto López-Basaguren, la aplicación del mismo principio a otros contextos debe hacerse teniendo en cuenta las especificidades institucionales, por ejemplo la pertenencia a la UE). Nótese que existe un cierto conflicto entre plantear una pregunta clara y presentar con claridad las consecuencias de lo que se aprueba. Hacer un referéndum con dos o incluso tres o más opciones discretas sobre algo que en realidad es un continuum (el grado de soberanía) y que no depende sólo del cuerpo electoral puede inducir a una sensación de “falsa claridad”.  Existe el riesgo de “aprobar” algo que en realidad está pendiente de negociación.

La solución no consiste simplemente en aumentar un número de opciones aparentemente simples a tres o más, porque entonces la pregunta sigue dando la falsa impresión de simplicidad (habría sido difícil saber exactamente lo que significaba la devolución máxima en Escocia sin un acuerdo previo detallado).

En el libro "The Morning After", la periodista canadiense Chantal Hébert explica lo que habría sucedido si los secesionistas hubieran ganado el referéndum de Québec en 1995 por un pequeño margen (en realidad, perdieron). El caos político y la incertidumbre que ella describe han tenido lugar en realidad más de veinte años más tarde con el referéndum sobre el Brexit de 2016. Poco más de un año más tarde, el Reino Unido parece saber lo que el 52% del electorado no quería el día del referéndum, pero no saben lo que ellos o sus líderes quieren para su futuro. Parece que un referéndum de autodeterminación, en este caso totalmente legal, no ha sido una buena herramienta para encontrar la verdadera voluntad del pueblo.

Finalmente, al ampliar el número de “criterios razonables” también aumentamos los dilemas que se producen. Por ejemplo, es difícil conseguir más claridad sin menoscabar la cohesión. Al fin y al cabo, una pregunta breve y dicotómica es bien clara, pero facilita la polarización en dos bloques enfrentados y, si nos fijamos en el caso británico, no parece que haya conducido a la estabilidad.

-¿Cómo podría ampliarse la Teoría de la Elección Social teniendo en cuenta el carácter endógeno de las preferencias individuales?

La mayor parte de la Teoría de la Elección Social parte del supuesto del carácter exógeno de las preferencias de votantes racionales que actúan de forma consistente con las mismas. Sin embargo, la moderna Economía del comportamiento (“behavioral economics”) sugiere que la presentación de las opciones (el “framing”) juega un papel crucial en la determinación de las elecciones de las personas. En este sentido, la secuencia tradicional en la Teoría de la Elección Social (formación exógena de preferencias; elección de un sistema de votación; voto final) no tiene por qué cumplirse, y la elección de los detalles del sistema de votación puede influir en la formación de las preferencias. Ahí aparece la cuestión del neverendum: la campaña por un referéndum o la campaña del referéndum, incluso en el caso de que los independentistas pierdan el referéndum (como en Escocia), tienen éxito porque consiguen convencer al electorado de prestar atención a lo que ellos desean, es decir, son parte de la batalla por la atención del electorado. Cuantas más campañas plebiscitarias haya, mejor. Si implícitamente y cognitivamente se gana la batalla del demos del referéndum como manifestación simbólica de la nación en sí misma, los estándares democráticos y el reconocimiento internacional son secundarios para quienes tienen unas preferencias de tipo nacionalista. En este sentido, las preguntas y las palabras exactas de las preguntas no son inocentes. En Cataluña, las preguntas 9N y la pregunta del 1-O son escasamente inocentes. Las opiniones de los votantes pueden fluctuar enormemente dependiendo de cómo se plantean exactamente las preguntas. Por ejemplo, antes de la Guerra del Golfo de 1991, casi dos terceras partes de los estadounidenses dijeron que estaban dispuestos a “utilizar la fuerza militar”, pero menos del 30% deseaban “ir a la guerra”. Nuestras preferencias son más vagas e incompletas de lo que supone la teoría tradicional, y co-evolucionan con las instituciones que las pretenden agregar. De ahí la importancia para Amartya Sen de la discusión razonada y de poder tomar una decisión con la máxima información posible, algo que según este economista y muchos otros observadores no facilitó el carácter dicotómico de la campaña del referéndum del Brexit, donde incluso los medios de comunicación más neutrales y respetados debían tratar por igual opiniones y hechos por cumplir con una apariencia de neutralidad. El objetivo de tomar decisiones tras discusiones razonadas, donde se negocie teniendo en cuenta la multidimensionalidad de los problemas, enlaza con una tradición un tanto olvidada en economía y ciencia política, debida a los economistas suecos Wicksell y Lindahl, que apunta a las virtudes en términos de convivencia y eficiencia de la unanimidad. Además, como nos recuerda Amartya Sen en las últimas páginas de su libro, la opinión en perspectiva de personas de otras latitudes debe ser bienvenida en cualquier debate para evitar los excesos del “parroquialismo”: a veces las pasiones y las emociones nos impiden enfrentarnos con frialdad a los pros y contras de una decisión, y observadores de otras latitudes nos pueden ayudar a ampliar el ángulo de observación y decidir con más perspectiva.

La investigación sobre estas cuestiones, en la medida que abandone el supuesto de racionalidad absoluta, debería priorizar el estudio de las condiciones o intervenciones que facilitan soluciones cooperativas ante dilemas sociales (como se hace con los experimentos sobre la provisión voluntaria de bienes públicos) adaptando el estudio a las situaciones típicas de este tipo de conflictos de soberanía. Para quienes intervienen defendiendo una u otra opción, la consideración de cuestiones de comportamiento también puede ser importante. Por ejemplo Matt Qvortup ha señalado que para los partidarios del Brexit en el Reino Unido, el Brexit era un bien de demanda inelástica (la percepción de un “precio” elevado del mismo no alteraba las preferencias) mientras que quienes podían ser partidarios de permanecer en la Unión Europea sí tenían un comportamiento más elástico. Al poner la atención sobre cuestiones económicas (aunque el debate económico lo ganaran objetivamente), los partidarios de la permanencia pusieron el foco en el precio de la salida, lo que no les garantizaba el voto de sus potenciales “elásticos” votantes y no les permitía conquistar ningún voto de los “inelásticos” e hiper-movilizados partidarios en principio de la salida.  

-¿Qué mecanismos democráticos de decisión colectiva podrían minimizar los problemas en conflictos de soberanía de la Europa del siglo XXI?

Cualquier respuesta demasiado concreta a esta pregunta puede ser acusada de arbitrista y vulnerable al surgimiento de nuevos criterios razonables que se incumplan. Al fin y al cabo, no hay una forma de agregar preferencias que cumpla con todos los requisitos deseables, y por lo tanto quien haga una propuesta está explicitando sus juicios de valor entre criterios aparentemente deseables pero potencialmente incompatibles. Una opción para las cuestiones de soberanía en las democracias avanzadas que a mi juicio debería estar por lo menos encima de la mesa, es llegar a un acuerdo amplio para una pregunta del tipo sí / no sobre una propuesta detallada que cuente con el apoyo de una mayoría cualificada de las fuerzas políticas relevantes (como el referéndum irlandés sobre el acuerdo del Viernes Santo o como el referéndum sobre la Constitución española de 1978). Ese podría ser el marco adecuado en una democracia que quiera preservar la tolerancia y el debate razonado, aprovechando las mejores prácticas de democracia participativa, representativa y deliberativa, sin renunciar a la ratificación final por democracia directa.

Algunos se oponen al argumento de que un referéndum de autodeterminación sí / no sería divisivo, diciendo que el status quo, por ejemplo en la situación actual en Cataluña, también es divisivo. A menos que la división se tome como irreversible, no entiendo la validez de este contra-argumento. Creo que deberíamos tratar de encontrar maneras de recuperar la unidad y la cooperación en lugar de celebrar la división con más división. Bajo circunstancias mucho más duras, Irlanda del Norte avanzó con un método para resolver su conflicto que rompió la división.

Los referendos también pueden ser utilizados por una buena causa, como en los casos mencionados de la aprobación de la Constitución española en 1978 o el acuerdo del Viernes Santo irlandés de 1997. Estos dos casos tienen en común un consenso democrático (la unidad de las fuerzas democráticas) y el apoyo internacional. El requerimiento de un consenso de las fuerzas democráticas tiene por supuesto el inconveniente de conceder poder de veto a todas las partes, lo cual plantea el desafío de cómo vencer la parálisis, por ejemplo en España y Europa. Los referéndums también pueden ser útiles para decidir sobre cuestiones que no sean dramáticamente divisivas para las sociedades, y donde la imposición del criterio de la mayoría sobre la minoría no dé lugar a la posibilidad de discriminaciones irreversibles e injustificadas. La validez o no del instrumento referendario no es una verdad universal, sino que su utilidad depende de la forma en que administre.

Algunos creemos que España necesita un amplio acuerdo para una reforma federal que pueda ser apoyada por personas que crean firmemente en ella y por personas que puedan encontrar un terreno común a su alrededor. Tal acuerdo detallado podría entonces ser votado en un referéndum. Eso podría ser tan legítimo como otros referendos legales, sería consistente con la tradición legal española y, además, sería menos divisorio y encajaría mucho mejor con una Unión Europea que avanza hacia una mayor unidad e integración.


-Comentarios finales

La idea de un referéndum de autodeterminación sí / no es superficialmente atractiva, a pesar de que la inmensa mayoría de democracias del mundo la impiden en sus constituciones, y a pesar de que la mayoría de procesos de independencia se han llevado a cabo sin un referéndum. Los últimos referendos de autodeterminación en los Estados Unidos tuvieron lugar justo antes de la Guerra Civil Americana (1861-1865), también llamada Guerra de Secesión, que finalizó con la victoria de los federalistas por encima de los confederados. Los últimos referéndums de alcance nacional en Alemania los convocó Hitler. La Comisión del Consejo de Europa para la Democracia por el Derecho (Comisión de Venecia) recomienda que se celebren sólo bajo condiciones muy estrictas, como un marco jurídico sólido y una autoridad democrática neutral.

La principal lección que se extrae de la obra de los grandes maestros de la elección social, en especial de Kenneth Arrow y Amartya Sen, es que hay que estar extremadamente atentos a las decisiones estratégicas de quienes pueden tratar de imponer a la ciudadanía “la agenda”, en un sentido muy general, en los procesos democráticos de toma de decisiones colectivas. En una democracia compleja y plural con gobernanza multi-nivel (especialmente en la UE y la zona euro), cualquier simplificación de estas cuestiones esconde probablemente un intento interesado de influir sobre las preferencias de la población, más que de intentar interpretarlas y canalizarlas. La voluntad del pueblo es difícil de definir, pero fácil de manipular. Ante las dificultades objetivas que plantea la agregación colectiva de preferencias individuales, sería arriesgado identificar con la “voluntad del pueblo” una alternativa que obtiene más votos a favor que en contra con cualquier porcentaje de participación ante la agenda planteada por una de las partes.

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