domingo, 17 de enero de 2016

Existen ideas democráticas mejores que "el" referéndum

La propuesta de Podemos de celebrar un referéndum de independencia en Cataluña fue incluida a última hora en su programa al parecer bajo presión de Ada Colau y su grupo. Es posible que los principales dirigentes del partido se sientan incómodos ante la propuesta, y eso parece denotar el hecho de que no son muy claros respecto a cuál sería la pregunta exacta en el referéndum ni las reglas que lo presidirían (¿sería suficiente una mayoría de votos afirmativos?). Volvemos en definitiva al debate que tuvo lugar en Cataluña en 2013, que culminó en el 9N de 2014 con una pregunta en la que hubiera podido ganar la independencia con el 26% de los votos si el evento hubiera sido legal, y que ha hecho que los propios independentistas intenten dejar atrás la pretensión de organizar un referéndum legal. Aún así, muchas voces bienintencionadas, no sólo en el entorno de Podemos, siguen insistiendo en "el" referéndum. Aunque quienes lo proponen no siempre son claros al respecto, implícitamente se sugiere un referéndum de autodeterminación donde, como en Escocia, los ciudadanos se pronuncien sí o no respecto a la independencia. Al margen de las dificultades de compararnos con Escocia, porque España sí está en la zona euro y sí tiene una Constitución escrita (y un marco muy claro para reformarla), es oportuno recordar los argumentos por los que la mayor parte de países desarrollados y democráticos, incluidas la inmensa mayoría de las grandes federaciones democráticas, no contemplan la posibilidad de que se celebren referéndums de independencia. En primer lugar, es imposible establecer criterios objetivos para decidir quien tiene ese derecho: ¿todas las comunidades autónomas en España? ¿cualquier comunidad que lo pida, por ejemplo también quienes se sientan de la nación española en Cataluña? ¿cualquier minoría nacional, étnica, religiosa o lingüística en Europa? En segundo lugar, no está nada claro que las opciones deban reducirse a dos: sí o no a la independencia, como se derivaría de llevar hasta el extremo la lógica de la ley de claridad en Quebec, que algunos han defendido para España de forma poco clara, al intentarla hacer compatible con una reforma federal que no estaría en la papeleta de votación. En caso de que hubiera tres opciones o más en la papeleta, en pie de igualdad y no como el 9N, la regla de votación que permitiría alcanzar el mejor compromiso sería la regla de Borda (aunque éste no es el fin de la historia, que tiene mucha más complejidad), como argumenté en un artículo anterior. Eso es exactamente lo mismo que defiende alguien que no saldrá en TV3 pero que debería hacerlo: Peter Emerson, director del De Borda Institute de Belfast, hijo de padres "mixtos" católico-protestantes en Irlanda del Norte, y autor de un libro que la Generalitat dirigida por los independentistas jamás traducirá al catalán o al castellano pero debería hacerlo: "Designing an All-Inclusive Democracy", un alegato contra los referéndums binarios y contra la aplicación de la regla simple de la mayoría en los conflictos de soberanía. En Cataluña y España tenemos un procedimiento muy claro para resolver estas cuestiones: reformar la constitución si ello tiene un consenso suficiente (dos tercios de dos parlamentos consecutivos y un referéndum final). Aunque incluso este procedimiento a mi juicio debería adaptarse al hecho de que ahora estamos en una Unión Europea con creciente soberanía. Creo que es de todos modos un procedimiento que sería aplaudido por Peter Emerson (que dedica su libro al recuerdo de las victimas de la lógica binaria, incluyendo a los muertos de los Balcanes o la misma Irlanda del Norte). Y no estoy de acuerdo con quienes dicen que si esta reforma no es aprobada en Cataluña entonces deberíamos ir a un referéndum de independencia. No entiendo por qué si no hay consenso o un compromiso mínimo alrededor de una reforma concreta, deberíamos abandonar la idea del compromiso. Si existiera el plan B de un referéndum de independencia al final del camino, los independentistas nunca negociarían de buena fe un compromiso, sino que lo boicotearían para hacer posible su forma de decidir ideal (la que prefieren para sus propios proyectos Nigel Farage en el Reino Unido o Marine Le Pen en Francia). Si no funciona la reforma A, inténtese la reforma B, y si no hay consenso suficiente, sigamos con nuestra Constitución, nuestro viejo coche cubano, que tuvo consenso suficiente y nos ha traído hasta aquí. No es lo ideal, pero si alguien quiere de verdad cambiarla, tiene que hablar con los demás (también con los indepes), y buscar un compromiso amplio que todos podamos aceptar.

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