viernes, 5 de diciembre de 2014

Alternativas Económicas, una revista necesaria

La revista Alternativas Económicas ha cumplido 20 números. Está emparentada con la revista francesa Alternatives Economiques y muestra una selección de temas y una perspectiva económica abiertamente progresistas. Tuve la suerte de colaborar con el número anterior, en un excelente dossier sobre regulación y competencia que coordinó la periodista Ariadna Trillas (no nos une paentesco alguno, si el lector o lectora se lo está preguntando). En la revista colaboran periodistas económicos y economistas, bajo la dirección del ex perioditsa de El País Andreu Missé. Igual que su pariente francés, Alternativas Económicas juega un papel importante en el debate sobre la necesidad de desarrollar políticas y proyectos económicos en una perspectiva igualitarista y democrática. Se puede comprar por suscripción y también en algunos puntos de venta. Yo suelo comprarla en la librería La Central de la C/ Mallorca en Barcelona o en el kiosco de la Facultad de Comunicación de la UAB. Debería ser lectura obligatoria para todo profesor o alumno de economía con una mínima sensibilidad progresista, y también para periodistas, politólogos y público en general interesado en cuestiones económicas. Hay una buena crítica de libros y, sin concesiones a la demagogia, plantea los grandes temas que afectan a nuestra vida cotidiana y nuestras perspectivas de futuro. Su reto principal es el de gran parte de la izquierda: desarrollar un discurso económico progresista de calidad como el que se elabora en importantes círculos de otros países como Estados Unidos o Francia. En el dossier del número 19 hay un interesante artículo de mi amigo y colega Javier Asensio que puede dar lugar a un interesante debate en el futuro: la relación de la izquierda con la competencia. Yo creo que este artículo presenta una visión necesaria, pero demasiado unilateral para mi gusto. Por supuesto la competencia allí donde es posible es preferible a los monopolios, no es sinónimo de desregulación, y es cierto que facilita cobrar impuestos minimizando la ineficiencia y ampliando las bases fiscales. Pero creo que también es de justicia destacar que si los trabajadores en ocasiones temen a la competencia es porque la complementariedad entre competencia e impuestos elevados  actúa en ambas direcciones. Es lógico que no se acepte la competencia abierta si no hay un fuerte colchón en forma de una generoso estado del bienestar financiado con una alta presión fiscal (cosa que hoy por cierto requiere una mejor arquitectura institucional federal, en España y Europa). Antes de abrir las puertas y ventanas a la competencia, la gente de izquierdas queremos saber cómo va a afectar la misma a la gente más vulnerable, a la que tiene menos poder. Por otra parte, la competencia no es una panacea si además del poder de mercado existen otras imperfecciones. Por ejemplo, si hay contaminación, más competencia empeora las cosas a no ser que se disponga de una amplia gama de instrumentos de intervención pública; es lo que se llama teoría del óptimo de segundo orden (second best). Y la competencia también puede tener lugar sobre dimensiones no deseables, como el status o el gasto suntuario. A largo plazo, la competencia debe ser la óptima, y debe interactuar con la cooperación a gran escala para facilitar el desarrollo económico.

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