viernes, 19 de septiembre de 2014

Homenaje al federalismo británico

Estoy de acuerdo con Xavier Vidal Folch en que en Escocia ha ganado lo que algunos llaman tercera vía y otros preferimos llamar federalismo. Y eso que no se presentaba. Si se llega a presentar hubiera ganado por más y además los escoceses ahora estarían menos divididos y habrían podido enviar un mensaje más claro. Dice Vidal Folch que “el Reino Unido inicia su transformación de Estado al tiempo plurinacional y muy centralizado hacia un formato radicalmente federal, aunque toda mención al concepto “federal” esté proscrita en las Islas”. ¿Toda mención? ¡No! La rama escocesa del Partido Liberal Demócrata (hoy en el gobierno del Reino Unido con los conservadores, y quizás el año próximo con los laboristas), dirigida por el ex líder liberal de todo el Reino Unido Menzies Campbell, abogó durante la campaña por una vía explícitamente federal. Will Hutton, el principal referente intelectual del centro-izquierda británico, hizo lo mismo. También lo hizo Chris Bertram en el principal blog de la izquierda intelectual británica. Y lo hacen subiéndose a los hombros de una fuerte tradición federalista en las islas, a la que contribuyeron personalidades como William Beveridge y Lionel Robbins, que influyeron poderosamente en el federalismo europeista y progresista  italiano de Altiero Spinelli, que a su vez fue clave en el proceso de integración europea, como explicamos en el libro “Economia d’una Espanya Plurinacional”. El federalismo británico existe, y como dirían ellos is alive and well, y hoy lo apoyan entre otros medios de comunicación (como los izquierdistas The Guardian o The New Statesman),  el Financial Times y The Economist, aunque a muchos no interesa que esto ocurra (¿les suena?). Hoy el federalismo británico se merece un gran homenaje.
Una vez mas quedan en ridículo quienes menosprecian al federalismo: que si es demasiado tarde, que si no es suficiente, que si es algo del pasado… Pues hemos ganado claramente, y hoy la mayoría de europeos (y Obama, entre otros líderes mundiales) respira aliviada por ello. Quizás incluso Alex Salmond respire aliviado, porque incluso él prefería al principio una mejor autonomía antes que la independencia, y ahora no tendrá que gestionar un SÍ de perfiles muy inciertos.
Dos aspectos esenciales parecen haber inclinado fuertemente la balanza a favor de un NO más claro del que preveían las últimas encuestas (pero no los mercados de predicciones, siempre mucho más certeros): los argumentos económicos, y el liderazgo de veteranos políticos laboristas como Gordon Brown.
Los argumentos económicos del SÍ chocaron contra la evidencia y la opinión de los mejores economistas, medios especializados y personalidades del mundo económico. Aunque hoy se esconderán (algunos que ayer mismo ya preparaban el cava en un estado de creciente excitación, hoy ya dicen que las situaciones son totalmente distintas), esos argumentos son muy parecidos en su esencia a los que utilizan los independentistas catalanes. La pretensión de que la independencia mejora la libertad y el bienestar es hoy un disparate bastante ampliamente reconocido.
Y han tenido que ser los viejos líderes de la siempre denostada socialdemocracia quienes han tenido que salir a la arena a sacar a David Cameron del lío en que se había metido. Veteranos líderes laboristas (no precisamente los de la tercera vía de Blair) como Aistair Darling, John Reid o Gordon Brown (éste con un discurso final decisivo), parecen haber tenido mucho que ver con la clara victoria del no. Ahí está la vieja socialdemocracia,  al rescate del Reino Unido y de Europa. No han ganado ni demagogos nacionalistas ensoberbecidos, ni modelitos postmodernos arremangados de 1,90 metros amantes de la “nueva política”. Han ganado los viejos, feos y aburridos, pero sólidos y creíbles, líderes del viejo laborismo.
Los amantes de las emociones fuertes y de la simplificación elogian el referéndum de secesión como instrumento democrático. Por supuesto, es mucho mejor que las pistolas. Pero no es el instrumento ideal: no conduce a una expresión fidedigna ni estable de las preferencias colectivas y  genera división. El referéndum de secesión sin más como instrumento democrático ha sido cuestionado por Lapuente/Penadés, Pau Marí-Klose, y Fradera/Álvarez Junco, entre otros. Además, existen alternativas igual de democráticas y mucho mejores para la convivencia, como someter al voto ciudadano grandes y detallados acuerdos previos, que es lo que en España y Europa nos ha llevado a varias décadas de paz y libertad. Periódicos creíbles de distintas ideologías como The Guardian y el Financial Times han alertado en los últimos días de claras tendencias intimidadoras e intolerantes en sectores de la campaña del SÍ. Derivas parecidas cuentan quienes vivieron los referéndums de Quebec de 1980 y 1995. Por supuesto, las derivas pueden venir de los dos lados, porque a eso lleva la polarización y la simplificación en un terreno tan emotivo como el de las identidades.
Hay que votar, sí, pero no al gusto de una minoría bien organizada, sino al servicio de la inmensa mayoría que desea una convivencia mejor. Esta vez hemos ganado sin bajar del autocar (porque no se preguntaba por el federalismo). La próxima quizás sería mejor, para el bien de toda Europa y de la soberanía de sus ciudadanos, no asomarse al precipicio, y seguir votando si la gente desea un ajuste y una mejora permanentes de las estructuras federales que tenemos a medio construir. Para empezar, dudo mucho que a la mayoría de los políticos británicos les haya quedado mucho apetito por celebrar en 2017 un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE, como también había prometido el siempre tan decidido David Cameron. Pues mejor.

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