sábado, 19 de marzo de 2022

"Delirio Americano", de Carlos Granés: un libro extraordinario

Cuando Roberto Bolaño escribía sobre la literatura Nazi en América, uno pensaba que exageraba. Sin embargo, en el largo Siglo XX latinoamericano, que va según Carlos Granés desde la Guerra de Cuba hasta la muerte de Fidel Castro en 2016, no ha escaseado el flirteo de intelectuales y artistas con las peores tendencias del pensamiento político, incluyendo el nazismo.

“Delirio Americano” es un largo ensayo lleno de párrafos poderosos, que se convierte en algo difícil de soltar hasta que se llega a la página final. Uno no hubiera pronosticado que una indagación sobre la relación entre el arte y la política, de más de 500 páginas, sería uno de los libros a leerse de pe a pa fuera de los períodos vacacionales. Pero así ha sido, por lo menos para mí. Desde el esquema inicial representando gráficamente las distintas tendencias artísticas y políticas, hasta las últimas páginas sobre la muerte de un Fidel Castro que sale totalmente desmitificado, la riqueza de conocimientos que transmite el libro no deja de sorprender.

Y es que en el libro de Granés, uno no sólo se empapa de las peripecias de artistas de todo pelaje y las tendencias políticas en medio de las que vivieron y fueron protagonistas, sino que uno encuentra material de sobras que interpela a cualquiera preocupado por las derivas políticas del día de hoy. En un ejercicio de justificable presentismo, el autor explica gran parte de los “delirios” de políticos y artistas en América Latina hasta el día de hoy en el contexto de las tendencias nacionalpopulistas e identitarias que sacuden nuestras sociedades, y dañan a la democracia y el progreso económico por igual. Estas tendencias no serían algo especialmente reciente, sino que hundirían sus raíces en fenómenos que nacieron a finales del siglo XIX cronológico, y que han tenido fases democráticas y fases totalitarias, dependiendo de lo que permitían los condicionantes de cada momento.

Juan Gabriel Vásquez afirmó en un artículo en El País sobre el libro de Granés que “la exuberancia y la desmesura que son fértiles cuando se habla de literatura o de artes plásticas resultan nocivas —sí, delirantes— en el universo de la política”. Pero ese deambular entre la creación y la realidad política es lo que permite al autor compaginar un retrato del populismo, que supera incluso el de expertos como Federico Finchelsein o Jan-Werner Müller, que son los mejores que yo había leído hasta ahora.

Ese populismo identitario (con sus fuertes rasgos nacionalistas y soberanistas) que ha despreciado ya sea las formas o el espíritu de la democracia, según la época, ha tenido expresiones de izquierdas y de derechas, y de ambas a la vez. Granés sitúa el gran error del populismo de izquierdas latinoamericano en haberse alejado de la socialdemocracia europea. También podría decirse que la contingencia impidió tomar otras rutas, como la ruta de la integración que sí tomaron los vecinos del Norte, como explica Joshua Simon en un interesante ensayo. Quien sabe si otro gallo hubiera cantado, pero lo cierto es que no se pueden hacer experimentos con la historia, que sólo transcurre una vez.

El nacionalpopulismo español sale mencionado varias veces en el libro, y no por la vía fácil de circunscribirlo a VOX (una extrema derecha perfectamente transparente), sino por la más interesante de hablar de dos grandes creaciones populistas de la España reciente, Podemos (con sus referentes bolivarianos y peronistas) y el separatismo catalán. Este último aparece mencionado hasta en cuatro ocasiones, siendo comparado con varias dimensiones del nacionalpopulismo latinoamericano.

Si una paradoja tiene el libro es la de pensar que América Latina es algo especial, como si hubiera una maldición, y lamentarse por no poder disfrutar de algo entre el liberalismo y la socialdemocracia. Se podría decir que el mismo Granés cae en el error que denuncia, el de creer que la región tiene algo especial, cuando quizás se podrían escribir libros parecidos sobre la India, sobre Rusia o sobre el mundo entero. Y en todos ellos se podría al mismo tiempo dejar un poco más abierta la puerta a la esperanza. El autor del libro la abre muy poco, mencionando a creadores y políticos que han defendido la razón y la democracia, pero el tono es más de excepción, de voluntarismo esperanzado, que de constatación de que los mimbres para un futuro digno están en todas partes.

Hacían falta 517 páginas de erudición y brillantez para describir y definir con precisión algo tan complejo y eficaz, a la vez que improductivo, como el nacionalpopulismo, fruto de la evolución humana, y de ensayar y errar con creaciones y proyectos políticos de todo pelaje. Y esas 517 páginas las ha escrito Carlos Granés.


sábado, 12 de marzo de 2022

Todos los nacionalpopulismos son distintos, pero se parecen

Todos los nacionalpopulismos son distintos: no es lo mismo uno con capacidad nuclear, que otro que apenas sueña con instrumentalizar los Mossos d’Esquadra. No es lo mismo uno que es heredero nostálgico del franquismo, que otro que lidera un grupo étnico-religioso de cientos de millones de personas en la democracia más poblada del mundo. 

Pero, como ha escrito Salvador Enguix, ahora (movilizados por la atrocidad de los ataques y la huida de la población en Ucrania) se trata de poner coto a quienes sueñan con una ficción (en Rusia, España, Francia o Italia) que, "de hacerse realidad, destruiría el progreso y legitimaría la extensión" en el viejo y en otros continentes "de perfiles como el de Vladimir Putin".


Por eso (para no olvidar el tipo de sociedad que se impondría si triunfase el nacionalpopulismo armado), creo que puede ser útil recordar de vez en cuando qué tienen en común los distintos nacionalpopulismos:

HISTORIA. El pasado no es un espacio a analizar objetivamente y del que extraer conclusiones, sino un campo de batalla que se utiliza movilizando carros de combate, atribuyendo victorias y heroicidades, o derrotas injustas, a los “nuestros” y deshumanizando a los “otros”.

SOBERANÍA. Se trata de reclamar el poder absoluto en un territorio, como si no estuviéramos más interconectados que nunca, y nuestros problemas sociales no necesitaran de una actuación coordinada y cooperativa. Olvidar las interconexiones (entre otros motivos) lleva una y otra vez al nacionalpopulismo al fracaso económico, pensando que todos los problemas son un juego de suma cero en lugar de un juego de suma positiva. Y cuando se admite que el juego no es de suma cero, se piensa que la realidad es un simple juego de dos jugadores con estrategias binarias para cada jugador, donde el “otro” al final va a ceder ante el temor de “nuestras” (ya sea las de Putin o las más modestas de Ponsatí) capacidades.

LENGUA. Se justifican actuaciones para proteger de reales y supuestos ataques a quienes hablan un idioma en particular, como si la única identidad importante fuera la lingüística, asociando una lengua a una bandera y a un territorio, como si las lenguas no cruzaran fronteras, como si no hubiera personas plurilingües, o como si las personas no nos identificáramos con muchas otras dimensiones, a veces más importantes que el idioma. Se promueve la solidaridad etno-nacionalista (si no es la lengua, puede ser la religión, o la raza) por encima de la solidaridad de clase, o simplemente la solidaridad humana. El mundo se convertiría si fuera por ellos en una guerra de banderas, idiomas e himnos nacionales, o religiones y razas en busca de espacio vital. En nuestro continente, conocemos la alternativa a todo eso: es el sueño federalista europeo de Altiero Spinelli, al que nos acercamos crisis a crisis porque cada vez hay más gente que se da cuenta de la catástrofe a la que conduce el nacionalpopulismo.  Ser leal a ese ideal es hoy respetar el marco europeo, empezando por las leyes e instituciones perfectamente homologadas de sus estados-miembro, como España.

DEMOCRACIA. A diferencia del fascismo, del que hereda algunos rasgos, el nacionalpopulismo acepta las formas democráticas (es decir, acepta la derrota del fascismo), pero sólo se toma en serio la democracia en su vertiente electoral o plebiscitaria (sobre todo ésta), arrasando si hace falta con las reglas, las leyes, las normas internacionales y las convenciones. Y con la discusión razonada, la deliberación, la búsqueda de consensos. Como cuenta Carlos Granés en “Delirio Americano” (pág. 298) el populista ecuatoriano del siglo XX Velasco Ibarra, escribió en 1938 que “El político que ante un conflicto de hecho entre la ley y el vigor moral biológico del grupo viola la ley para salvar el grupo, no es un político arbitrario ni contradice al pensador, sino que es simplemente un político realista, cumplidor de su misión, valiente y humano”, y añade Granés que esto es “algo similar a lo que en 2017 dijo otro de su estirpe, el populista catalán Carles Puigdemont, para quien las leyes no podían estar por encima del sentimiento de las nuevas generaciones”. De modo parecido, se les llena la boca de la palabra libertad (o en el colmo del abuso, de “desnazificación”, cuando el objetivo es un presidente electo judío), pero ello no es incompatible con hacerle la vida imposible a las personas discrepantes (habitualmente caracterizadas como traidoras, "botiflers" en Cataluña, "quislings" en Escocia), ya sea a través de linchamientos en las redes sociales, “fatuas” o, en caso extremo, mediante polonio. Se proyectan liderazgos caudillistas, casi siempre masculinos, que se dice que van más allá de los partidos y otros intermediarios. El líder es más importante que las instituciones, el líder representa al pueblo, y está legitimado para tomar decisiones más allá de las reglas aceptadas, reconocidas y homologadas.

VICTIMISMO. Los “nuestros” son víctimas de los “otros” (porque el mundo se divide entre “ellos” y “nosotros”) y tenemos derecho a defendernos y a reaccionar, generándose una inevitable polarización social de estás conmigo o estás contra mí. El síndrome del "whataboutismo" es una consecuencia lógica de esta polarización identitaria. Como lo es que se genere una amplia capa protectora, que tapa la corrupción de "los nuestros". Esto puede generar dinámicas donde se pierde el sentido del ridículo, como aquel independentista catalán que gravó hace pocos días un vídeo ante un cuartel de la guardia civil en Girona explicando que Cataluña era víctima de una ocupación por parte de España, como Ucrania lo era por parte de la Rusia de Putin. Pequeños detalles sin importancia (como que España es un estado-miembro de la Unión Europea, a la que Ucrania quiere sumarse, o que Girona es una de las zonas del mundo donde se vive mejor, o que ahí el catalán es el primer idioma, protegido y oficial) no iban a impedir que este caballero hiciera exhibición de su ignorancia.


VERDAD. Ésta es algo relativo, que se puede manipular a gusto. Antes cuando se pillaba a alguien mintiendo, éste rectificaba o se callaba. Ahora, como dijo Obama en un célebre discurso en Sudáfrica, éste sigue mintiendo. Esto se puede aplicar al país de nacimiento del ex presidente de Estados Unidos, o a la supuesta aceptación inmediata de una Cataluña independiente en la UE. A la relativización de la verdad contribuyen medios de comunicación, incluso de titularidad pública, convertidos en burdos instrumentos de propaganda.

VIOLENCIA. Por todo lo anterior, el uso de la violencia puede llegar a estar justificado, para defender a los “nuestros”, al “pueblo”. Esta justificación puede ser abierta y dramática, como en el caso de ETA o de Putin, o puede ser implícita y sutil, como cuando se dice que “harían falta muertos” o que “hay que controlar el territorio”. Esta violencia por lo general se dirige a intentar trazar nuevas fronteras, para tener un espacio donde meter y supuestamente proteger a nuestro “pueblo” y desalojar a los demás, como ya se ha hecho trágicamente en la historia de Europa, por ejemplo y precisamente en Ucrania (donde ciudades como Lviv en la región de Galitzia llegaron a cambiar de estado en ocho ocasiones). Como nos recordó hace poco en un discurso brillante el embajador de Kenia en la ONU, es hora de que en lugar de crear nuevas fronteras (siempre discutibles y provisionales), nos dediquemos a cooperar por encima de las existentes.

Algunos se creen muy cultos porque gozan de posiciones de respetabilidad en sus sociedades, ya sea en Inglaterra, en la India, en Hungría o en Cataluña, y es verdad que aborrecen de la violencia, pero su trasfondo intelectual y moral es tan paleto como el del sátrapa que está invadiendo Ucrania. 


martes, 1 de marzo de 2022

Les paraules de Martin Kimani, Ambaixador de Kenia a l'ONU/ Las palabras de Martin Kimani, Embajador de Kenia en la ONU

UNA NOSTÀLGIA PERILLOSA (Traducció al català d'una selecció del discurs de Martin Kimani, Ambaixador de Kenia a l'ONU, en el debat sobre la invasió d'Ucraïna per l'exèrcit rus)

Kenya i quasi tots els països africans van néixer amb el final dels imperis. Les nostres fronteres no les vam dibuixar nosaltres. Van ser dibuixades en llunyanes metròpolis colonials, com Londres, París o Lisboa, sense cap atenció a les velles nacions que quedaven separades.

Avui, als dos costats de les fronteres de cada país africà hi viuen els nostres compatriotes, amb els quals compartim vincles històrics, culturals i lingüístics profunds. Si haguéssim triat en temps de la independència aconseguir estats sobre la base de l’homogeneïtat ètnica, racial o religiosa, encara avui, totes aquestes dècades després, estaríem lluitant en guerres sagnants. Pel contrari, vam acordar que acceptaríem les fronteres que vam heretar, però que treballaríem per la integració política, econòmica i legal de tot el Continent. En comptes de formar nacions que mirin cada vegada més enrere en la història amb una nostàlgia perillosa, vam triar mirar cap endavant cap a una grandesa que cap de les nostres nacions i els nostres pobles havia conegut mai.

Hem de completar la nostra recuperació de les brases dels imperis morts de manera que no ens llenci de nou cap a noves formes de dominació i opressió. Vam rebutjar l'irredemptisme i l'expansionisme de qualsevol mena, incloent factors ètnics, racials, religiosos o culturals. Els rebutgem avui de nou. 

UNA NOSTALGIA PELIGROSA (Traducción al castellano de una selección del discurso de Martin Kimani, Embajador de Kenia en la ONU, en el debate sobre la invasión de Ucrania por el ejército ruso)

Kenia y casi todos los países africanos nacieron con el fin de los imperios. Nuestras fronteras no las dibujamos nosotros. Fueron dibujadas en lejanas metrópolis coloniales, como Londres, París o Lisboa, sin ninguna atención a las viejas naciones que quedaban separadas. 

Hoy, a ambos lados de las fronteras de cada país africano viven nuestros compatriotas, con los que compartimos vínculos históricos, culturales y lingüísticos profundos. Si hubiéramos elegido en tiempos de la independencia conseguir estados basados en la homogeneidad étnica, racial o religiosa, todavía hoy, todas estas décadas después, estaríamos luchando en guerras sangrientas. Por el contrario, acordamos que aceptaríamos las fronteras que heredamos, pero que trabajaríamos por la integración política, económica y legal de todo el Continente. En vez de formar naciones que mirasen cada vez más atrás en la historia con una nostalgia peligrosa, elegimos mirar hacia delante hacia una grandeza que ninguna de nuestras naciones y nuestros pueblos había conocido jamás.

Tenemos que completar nuestra recuperación de las brasas de los imperios muertos de manera que no nos lancemos de nuevo hacia nuevas formas de dominación y opresión. Rechazamos en su momento el irredentismo y el expansionismo de cualquier tipo, incluyendo los factores étnicos, raciales, religiosos y culturales. Los rechazamos hoy de nuevo. 

Discurs en anglès/Discurso en inglés: 

domingo, 27 de febrero de 2022

AYUDA PERMANENTE A KIEV

Hace una semana, la ciudadanía de Kiev circulaba en paz por su ciudad, utilizaba el metro, sacaba dinero de los cajeros para hacer su compra, descansaba en su casa… Como nosotros. Hoy no puede hacer nada de todo esto: la invasión decretada por el déspota Putin ha generado el reguero de destrucción, muerte, desplazamientos de población y disrupción de los intercambios, que acompaña a toda guerra, mientras alegres ciudadanos pro-rusos conducen sus vehículos ondeando su bandera por la ventana en las autopistas de las regiones separatistas del Donbás. La paz, ese bien público que varias generaciones en España damos ya por descontado, es historia en Ucrania, y con ella la libertad. Las estaciones de metro son ya refugios, la supervivencia dependerá cada vez más del trueque y las ayudas humanitarias, y cientos de miles de personas huyen ahora mismo de sus hogares, a los que no saben si podrán regresar. Imagínate que te pasa eso a ti, amigo lector o amiga lectora. Porque te puede acabar pasando (y si no a ti, a tus hijos o hijas), por muy inimaginable que resulte hoy.

Como ha explicado Javier Cercas, el conflicto (ese es el principal conflicto hoy) entre democracia y nacionalpopulismo ha entrado en una fase militar, de momento circunscrita a Ucrania, pero con dramáticas posibilidades de expansión, pues ya el sátrapa ha amenazado a Suecia y Finlandia, dos países miembros, como nosotros, de la Unión Europea. En el mismo medio y en la misma lógica, Mariam Martínez Bascuñán no tiene dudas sobre cuál es el baluarte que puede hacer frente a las fuerzas antidemocráticas que explotan los sentimientos identitarios y la mala organización institucional del mundo: "El boicoteo existencial de China y Rusia a posibles revoluciones democráticas es un impulso federalizante para Europa".

Quienes en Cataluña y España homenajeamos cada año a las Brigadas Internacionales de George Orwell y Albert Hirschman, entre muchos otros, quizás ahora tenemos como mínimo la obligación de rendir homenaje a quienes luchan por la libertad en las calles de Kiev. “Ayuda permanente a Madrid” rezaban los carteles republicanos en la Barcelona de nuestra Guerra Civil. Ucrania no puede esperar como esperaron en vano los demócratas españoles ante las dudas de los gobiernos aliados, que reaccionaron contra el fascismo demasiado tarde para la libertad de nuestros padres y abuelos. Entonces por lo menos en Estados Unidos los intentos de levantar fuerzas fascistas quedaron relegadas a las ucronías de libros como el de Philip Roth. Esta vez, en 2022 y ominosamente en 2024, las fuerzas aliadas de Putin pueden prevalecer en Estados Unidos. Estaremos solos si es así.


Kiev tardará más o menos en caer. O no caerá. Pero su presidente elegido democráticamente, una persona judía ruso-parlante que tiene que escuchar como Putin llama a desnazificar Ucrania (en el ejemplo más claro de esquizo-fascismo visto hasta ahora), ya se ha erigido en símbolo de la defensa de una sociedad democrática, multi-cultural y bilingüe. En defensa de una democracia basada en reglas, habrá que frenar, en Ucrania y donde haga falta, a quienes quieren imponerse por la vía unilateral y el control del territorio, apelando a falsificaciones históricas y referéndums a lo Juan Palomo.

El actual régimen ruso representa hoy lo peor del capitalismo (cómo puede alguien de izquierdas no mostrarle su absoluta condena es para mí un misterio), aliado por supuesto con lo peor del capitalismo fuera de Rusia, con aquellos que han protegido sus formas de lavado de dinero en el deporte, en el sector inmobiliario, en los medios de comunicación, y con quienes se han dejado comprar en los órganos de Gazprom y otras grandes empresas. Rusia es actualmente uno de los países del mundo, si no el país del mundo, donde el 0,01% de la población (no el 1%, ni siquiera, el 0,1%, sino el 0,01%), concentra un porcentaje mayor de la riqueza de su sociedad, superando el 12% del total de esta riqueza, y con una mayoría de los activos fuera de su país, y por la tanto con protección o aquiescencia de vecinos nuestros.

La lista de líderes nacionalpopulistas europeos y norteamericanos que han flirteado más o menos abiertamente con Putin es larga (Trump, Salvini, Le Pen, Orbán, Abascal, Salmond, Puigdemont...). Ante la obviedad del asalto de Putin a la paz y la libertad, algunos han intentado pedalear hacia atrás o disimular, a veces con poco éxito. Oriol Junqueras no pudo aguantarse de comparar la España democrática y europea con la Rusia de Putin. La CUP con VOX fue incapaz de condenar la agresión rusa en el Parlament de Catalunya.

Víctor Terradellas, el ex-responsable de Relaciones Internacionales de Convergencia Democrática de Cataluña (CDC) que el 26 de octubre de 2017 pedía al entonces presidente de la Generalitat Carles Puigdemont que lo recibiera porque iba acompañado de un enviado de Vladimir Putin, escribió el pasado 24 de febrero el siguiente mensaje en Twitter sobre la invasión de Ucrania por parte del ejército ruso: “Creo sinceramente que la clase política en favor de la creación de un estado catalán debería callar y no posicionarse. Cuando se acabe el conflicto, todo el mundo será amigo y podremos seguir trabajando en favor de nuestros intereses. El nuevo orden se dibuja y debemos tener buena relación con todos”.


sábado, 26 de febrero de 2022

En record d’un Senyor de Barcelona: Xavier Muñoz, catalanista i FEDERALISTA

Quan altres han fet de forma vergonyant la trajectòria inversa, Xavier Muñoz era una persona que va col·laborar amb Jordi Pujol als anys 1950, i que després se’n va distanciar per abraçar el federalisme, sense tornar a caure mai en les hàbils xarxes del pujolisme.

Jo el vaig tractar a finals del segle XX en dos episodis. Primer, crec que abans de 1990, quan ell era President de l’associació Barcelona Enllà, jo en vaig ser durant un temps gerent, una feina a temps parcial que compaginava amb els meus estudis i la presència a la direcció de la Joventut Socialista de Catalunya. Després, a partir de 1991, vam coincidir com a regidors de la Barcelona Olímpica fins a 1995.

El meu record és el d’una persona amable, culta i simpàtica: un burgès il·lustrat que havia estat empresari, i que abraçava les idees de la socialdemocràcia i del federalisme, de les quals no se separararia mai. A diferència d’altres persones del seu entorn social, el “procés” no sols no el va fer dubtar, sinó que el va refermar en les seves idees progressistes i federals, potser perquè venia escarmentat de feia dècades dels mètodes del pujolisme.

En una entrevista que li va fer no fa molt Siscu Baiges a Catalunya Plural, deixava clar que no s’empassava cap dels tòpics del processisme: “Simulacres sobre operacions radicals que només admeten el sí o el no són un joc d’artifici confús. Inacceptables. Si a més pretenem basar-hi una nova legalitat utilitzant un sistema sense garanties, el que fem és enganyar.”


Mentre altres (fins i tot federalistes que saben que ho són), s’esforcen a evitar la paraula que comença per F i els seus derivats, Muñoz ho va tenir clar fins l’ultim suspir. Es diu que ell mateix va escriure la seva esquela i va posar: “Xavier Muñoz i Pujol, catalanista i federalista”. Molts haguessin posat catalanista i prou, que encara és una paraula que et permet fer l’aperitiu en taules molt diverses. Però pocs tenen el coratge d’afegir que són FEDERALISTES, perquè per un món on regnin la pau i la fraternitat, cal lluitar pels valors i les paraules, encara que calgui enderrocar molta incultura i ignorància.


domingo, 13 de febrero de 2022

L'Est d'Europa no està tan lluny

El llibre “El Danubi” de Claudio Magris, explica com al centre i a l’est del continent europeu, al llarg del curs del riu Danubi, se succeeixen les comunitats barrejades, i quan no és així, les comunitats devastades per les tragèdies i les neteges ètniques del passat. És impossible trobar un tros de terreny a Europa on no convisquin o hagin conviscut persones d’origen ètnic, religiós o lingüístic divers.

Anne Applebaum, a “Twilight of Democracy” (“El crepuscle de la democràcia”) comença el seu assaig contra el nacionalpopulisme narrant una festa de cap d’any al 1999 entre amistats seves a Polònia (la historiadora nordamericana està casada amb un polític polonès de centre-dreta) que ja s’ha fet famosa. Moltes d’aquestes persones avui no es parlen entre elles, i una bona part ha abraçat la causa del nacionalpopulisme i la democràcia il·liberal. No costa gaire fer el paral·lelisme amb les nostres pròpies festes i les amistats que hem perdut o hem vist allunyar-se en els darrers anys. També tenim la nostra particular llista de companys de viatge fins fa 10 o 15 anys (als quals es pot recordar en festes, però també en reunions al més alt nivel discutint com frenar l’avenç de l’independentisme), que avui o discretament s’han passat al nacionalpopulisme o obertament acusen als seus ex companys de repressors o (en algun cas aïllat) s’afegeixen a campanyes de linxament contra ells a les xarxes.

Applebaum recorda l’accident d’avió a Smolensk que va acabar amb la vida d’un dels germans Kakcysnki, que semblava que havia de ser un moment de reconciliació (com el 17-A a Catalunya?) i que en canvi va servir per exacerbar les teories conspiratives, fins al dia d’avui. O explica com la televisió pública, la seva TV3, tant a Polònia com a Hongria, va acabar en mans de fanàtics que han fet tot el possible per aguditzar les divisions i, en el seu cas, l’anti-europeisme. L’autora també es refereix a les dificultats d’entrar en diàleg amb els nacionalpopulistes, tan donats al “whataboutisme”, del qual he parlat anteriorment en aquest blog. I esmenta algun intel·lectual nordamericà que als anys 1990 s’esgarrifava de la deriva nacionalista a Iugoslàvia, i que vint anys després recolzava la deriva nacionalpopulista de Trump. També tenim algun cas semblant aquí. La historiadora nordamericana es refereix a equivalents nacionalpopulistes en diferents països, i per al cas espanyol amb raó esmenta el cas de VOX, encara que també fa alguna referència al més subtil (per a la gran premsa internacional) cas del nacionalpopulisme català, entre altres motius com un dels factors que més ha contribuït a l’ascens de VOX.

Per la seva part, Joan Salicrú, a “Bosnia. La guerra que no ens van explicar”, raona com la guerra que va devastar aquella república exiuogoslava, no en va tenir res, d’inevitable, sinó que va ser promoguda per les èlits postcomunistes que van atiar els sentiments ètnics i exagerar les diferències lingüístiques i religioses dintre de la seva comunitat. Les divisions ètniques no van ser la causa de la guerra, sinó la seva conseqüència. Salicrú ens recorda també el rol que la televisió de titularitat pública va jugar en atiar els fanatismes, com ens recorda com era més fàcil que aquestes estratègies penetressin a les zones rurals abans que les més diverses i complexes zones urbanes. Amb la prudència que exigeix no banalitzar una guerra on van morir més de 100.000 persones i moltes més van resultar desplaçades o refugiades després d’una neteja ètnica horrorosa, l’autor no s’està d’emetre alguns missatges a mode d’advertiment sobre els nostres propis nacionalismes.

Els acords de pau de Dayton, que consagren un estat bosníac dividit per una lògica ètnica, reprodueixen l’error intel·lectual i moral que també hi ha al darrera de la “solució dels dos estats a Palestina/Israel”; són paus que només posen les bases de la propera guerra, perquè donen per bones les divisions per raons ètniques o religioses, en comptes de fomentar la convivència entre persones ciutadanes sota unes institucions i unes normes compartides.

El llibre de Salicrú és un bon complement del documental sobre el judici de Mladic (el líder militar dels serbis de Bòsnia), que es pot veure a Filmin (es pot comprar per separat per menys de 3 euros, no cal estar abonat). O del llibre de Clara Usón sobre la filla de Mladic, “La hija del Este”. No obstant, aquest documental comet un error del qual t’immunitza el llibre del periodista català, l’error d’etiquetar ètnicament les persones amb molta facilitat, quan aquestes etiquetes són exagerades, i només responen a emfatitzar una dimensió de la identitat, de les moltes que podem tenir (com diria el gran economista Amartya Sen). L’error del “tagging” és el mateix que es va cometre a Irlanda del Nord, al Líban i a la fragmentació europea entre les dues guerres mundials, amb desiguals resultats pel que fa al manteniment de la pau. Té raó Salicrú quan diu que només una Europa integrada sense fronteres ens pot alliberar per sempre de la temptació d’aquestes etnocràcies.

Nosaltres no tenim un Mladic, ni les nostres desgràcies es poden acostar a les tragèdies de Bosnia i l’antiga Iugoslavia. Potser perquè aquí som més rics en promig i el cost d’oportunitat del conflicte és més alt, potser perquè les institucions aquí resisteixen millor que a la Iugoslàvia post-Tito. O potser sóc massa optimista. Convé escoltar a Mladic al final del documental sobre el seu judici, quan diu que no reconeix cap tribunal que no sigui el del seu “poble”, i quan es defensa dient que el judici és un “Atac al poble de Sèrbia i la seva llibertat”. No tenim un Mladic, però tampoc cal que ens sobrevalorem excessivament.


domingo, 6 de febrero de 2022

Quan l'oposició treballa més que el govern

A Catalunya, es dóna el cas curiós que l’oposició socialista treballa més en l’elaboració de polítiques públiques que el govern.

El PSC, a través de la seva Executiva o del Govern Alternatiu de Salvador Illa, ha presentat propostes elaborades per refundar TV3, ha convocaat un ampli debat per refer el consens sobre política lingüística (cosa que en condicions normals hauria d’impulsar el govern), ha impulsat reflexions sobre el finançament autonòmic, ha elaborat propostes en l’Informe Social de la Fundació Campalans per fer possible un nou contracte social, així com nombroses altres propostes que es poden trobar a la web del Govern Alternatiu, molt més productiu que el Govern oficial. A les rodes de premsa d’aquest els dimarts, la portaveu té serioses dificultats per explicar què ha decidit l’executiu, que no es destaca tampoc per portar iniciatives legislatives al Parlament.

Amb algunes propostes es pot estar més d’acord o menys, i també es pot fer el comentari que en la societat de les presses d’avui “això no s'ho llegeix ningú”, però és difícil negar que aquí algú està fent la seva feina, i algú no l’està fent.

Encendre i apagar el Parlament com si fós un interruptor, en canvi, sembla ser quelcom que la majoria independentista sí que sap fer. En aquest sentit, l’oposició també sembla més preocupada que el mateix govern per preservar la qualitat de les institucions democràtiques i d’autogovern, devaluades (sindicatura de greuges, televisió pública, mossos, parlament, presidència…) després de 10 anys d’estèril i costós procés independentista.

Tot això és una llàstima i té un enorme cost d’oportunitat. Hi ha projectes que són complexos i no surten sols. Els Jocs Olímpics d'hivern podrien ser beneficiosos per a la societat si es fessin en cooperació, respectant el medi ambient, posats al servei d’un projecte més ampli, controlant els costos… Tot això requereix molta feina i molta cooperació inter-institucional, com ha explicat Joan Ganyet en un brillant article. El mateix es podria dir de l’ampliació de l'aeroport, l’agència del medicament, els fons Next Generation… Altres Comunitats Autònomes es posen les piles, concerten, acorden, prenen iniciatives de govern, reforcen les seves institucions, fan propostes per una millor Espanya federalitzant.

Si veiem el que passa al món, a ningú li sorprèn que un govern nacionalpopulista es preocupi per tot menys per governar. Són en general governs nefastos. Necessitem millorar la rendició de comptes perquè paguin amb derrotes electorals la seva incompetència executiva i el seu menyspreu per les institucions col·lectives.