Ante la brutalización de la derecha española (incluyendo buena parte de la catalana), es necesaria una gran y eficaz movilización por una democracia inclusiva, que reúna votos desde una izquierda radical seria hasta sectores partidarios de un capitalismo responsable y un humanismo cristiano. Y en medio una socialdemocracia que haga autocrítica de sus errores, y priorice las condiciones materiales de vida y la dignidad de la mayoría.
No contribuyen a una eficaz movilización quienes han priorizado sus intereses personales por encima de la necesidad de presentar candidaturas conjuntas diseñadas de modo que no se pierda ni un solo voto progresista. Que Podemos haya quedado reducido a una empresa de comunicación y su pacto con ERC parezca una excusa para fichar a un influencer, pone el foco en positivo en el llamado Frente Amplio y los Comuns, que pese a sus limitaciones han tenido más coherencia entre palabras y hechos. El electorado en cada circunscripción sabrá mejor que nunca a quien tiene que votar al Congreso y al Senado para que ninguna papeleta sea inútil ni vaya al servicio de proyectos personalistas.
Hay que hablar de propuestas y hechos en políticas laborales y de vivienda, y no de planes probadamente desacreditados de autodeterminación y renta básica universal para mañana (ejemplos del populismo de izquierdas imposible de cumplir del que habla el experto italiano Massimo Morelli) que solo generan frustración (y por tanto más votos para la extrema derecha, en un círculo vicioso). Pero el peso recae no sólo sobre los liderazgos y las candidaturas sino también sobre todas las personas demócratas: no es tiempo de equidistancias ni de verse bonito en el espejo por la “heroicidad” de votar blanco, es tiempo de movilizarse y resistir a la ola nefasta que pretende invadir Europa.
Por “brutalización” de la derecha española entiendo la presentación desacomplejada del PP ante el electorado como aliado de la extrema derecha nostálgica del franquismo y hoy conectada internacionalmente con la Internacional Oscura que lidera Donald Trump, y de la que forman parte Netanyahu, Milei, o Bukele, y aliada de sectores que pretenden vaciar de contenido la Unión Europea, como Le Pen, Meloni, o los neo-nazis de la AfD, que actúan con el apoyo oficial de la administración Trump. Que personas como Felipe González, o colectivos como Junts y la parte del empresariado catalán que les apoya, se muestren equidistantes entre esto y la socialdemocracia, nos produce a muchos tristeza y estupor.
A veces se abusa del término “brutal” (como cuando sin darse cuenta de lo que decía, un locutor de TV3 dijo que Quim Torra tenía una “cultura brutal”). Pero hasta alguien tan ponderado como el Nobel de Economía Jean Tirole lo utiliza varias veces en su libro con Karine Van der Straeten “Économie du Désordre Mondial”, para referirse al comportamiento y las decisiones de Trump y Putin, ante las que Europa tiene que protegerse. La derecha española, que ya no estaba a la vanguardia de las credenciales democráticas, se está brutalizando. Supongo que en parte porque es su naturaleza, y en parte para ir preparando a la opinión pública para que no sorprenda tanto el gobierno que formarán si llegan a tener mayoría.
En las campañas electorales, los cuarteles generales de los partidos ordenan repetir términos que retraten al adversario de la forma que más conviene a una estrategia, a veces exagerando la realidad. Esta vez, el PP y VOX se han encargado de que no haya exageración ninguna: de hecho, puede que la caracterización que se hace de ellos se quede corta a la vista de lo que puede ocurrir si alcanzan a controlar el Gobierno español.
Milei vino a España a decirnos que éramos una dictadura, mientras el PP divulgaba anuncios repugnantes pasados de frenada (como hacen los MAGA en Estados Unidos). El partido de la supuesta derecha convencional presenta a un candidato homologable a VOX como principal estandarte por la circunscripción de Barcelona y especulan con ceder la candidatura del Senado por Girona a Vox. Lo exagerado aquí es la realidad.
Se ponen no ya en la estela, sino en la vanguardia, de la derecha radical que lideran Trump y sus tecno-oligarcas, en colusión con un Putin que ha declarado la guerra, cada vez menos híbrida, a la Unión Europea. Hay que aprovechar la campaña electoral para recordar lo que esta ola está propiciando en la ciencia, en la cultura, para el clima, para la protección de todo tipo de minorías, para las libertades, para el proyecto europeo. Es una ola financiada por una oligarquía tecnológica que ha decidido no reducir, sino agudizar, las desigualdades para ir a un mundo segregado donde solo se salven unas minorías privilegiadas.
Ojalá esta movilización se produzca ahora, a tiempo para las elecciones del 29-N. En Estados Unidos, ya se está produciendo para las elecciones Midterm, generando un tsunami que puede llegar a la otra orilla del océano. La causa de la democracia, la justicia y la libertad es la misma a ambos lados del Atlántico. Cuanto antes se produzca esta movilización, menos desgracias y pérdidas de libertad tendremos que lamentar.
