lunes, 27 de enero de 2014

Cataluña y el declive del estado-nación

Los costes y beneficios de la secesión de una región relativamente rica como Cataluña no pueden desvincularse de la cuestión del federalismo europeo. Por federalismo europeo me refiero aquí a la adopción de mecanismos de decisión comunes y democráticos (y no tecnocráticos) aplicados a una selección de políticas, en la línea de la propuesta de una cámara presupuestaria para los países de la zona euro de Thomas Piketty. Eso implicaría eliminar de facto las fronteras a los efectos de estas cuestiones.
Un artículo escrito por el economista Rodríguez Mora y sus coautores ilustra el "efecto frontera" en el comercio internacional: si Cataluña se separase y se crease una nueva frontera, los intercambios con el resto de España descenderían a un nivel similar al de Portugal con España. En este artículo se calcula que el coste de esta disminución del comercio podría alcanzar el 9 % del PIB, que es más que el déficit fiscal que Cataluña supuestamente dejaría de sufrir respecto al resto de España. También encuentran que el efecto frontera es en general considerable entre pares de países europeos, incluso en el contexto del mercado único y la unión monetaria.
Los críticos con este planteamiento han argumentado que una reducción de tal magnitud en el comercio entre Cataluña y el resto de España necesitaría mucho tiempo, e incluso en el largo plazo es difícil imaginar que los españoles perderían de tal modo la capacidad de interactuar con los catalanes (que hablan español y que no tienen ninguna razón personal para no comerciar con los españoles), y que cualquier disminución se vería compensada por el aumento del comercio con otros países, presumiblemente europeos.
Pero el comercio no es algo que simplemente sucede, sin ningún tipo de condiciones institucionales previas. Si la reducción progresiva de los intercambios con el resto de España se tiene que ver compensada por un aumento del comercio con el resto de la UE, ello significa (a menos que uno piense que el comercio carece de mecanismos que lo sustentan) que las relaciones con el resto de la UE tendrán que reforzarse mediante instituciones como las que facilitan la densidad del comercio que Cataluña ha mantenido con el resto de España a lo largo de siglos. En España, estas instituciones han incluido una lengua, aranceles comunes, una moneda, un ejército, migraciones, una liga de fútbol, canales de TV,  grandes empresas comunes, canciones, chistes, amistades y proyectos culturales comunes. Con Europa, no tienen por qué ser exactamente los mismos mecanismos, pero serán necesarias algunas instituciones comunes más allá de las ya existentes (y más allá de la Liga de Campeones), y parece razonable esperar que la UE proporcione la plataforma de despegue para ellas. Es plausible pensar que Cataluña puede aprovecharse gratuitamente de algunas instituciones y disfrutar de sus beneficios sin ser miembro de la UE, aunque algunos de los beneficios son difíciles de disfrutar sin ser un Estado miembro (los programas de subvenciones, la política de defensa de la competencia, el crédito bancario). Parece más probable que, para gozar de los beneficios comerciales de un mercado más integrado, a Cataluña se les pida que contribuya a sus costes, suponiendo que todos los demás Estados miembro acepten al nuevo país después de la secesión.
(El texto completo de este artículo puede leerse aquí, en Agenda Pública).

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