viernes, 23 de diciembre de 2011

La marcha latinoamericana por la Educación (por Cherie Zalaquett)

Por votación mayoritaria de los estudiantes de doctorado suspendimos nuestra clase de Filosofía de Liberación para asistir a la marcha. Estudiar el pensamiento liberador, descolonizado, situado políticamente en la realidad de dominación de Latinoamérica exigía sumarse en la calle al clamor popular por la injusticia. Sólo el fragor de la calle  podía darnos esa tonalidad de resistencia, de crítica y de praxis a la teoría del pensamiento liberacionista impulsado por Francisco Bilbao y José Martí, pasando por José Enrique Rodó, José Carlos Mariátegui, Leopoldo Cea, Augusto Salazar Bondy,  hasta llegar a Roberto Fernández Retamar,  Rodolfo Kusch, Juan Rivano, Arturo Andrés Roig y tantos otros forjadores del pensamiento latinoamericano. Hombres todos, blancos todos, claro está, seleccionados en una bibliografía que invisibiliza a las mujeres, que sortea astutamente los obstáculos que les impone la categoría de género. Pero aún así el curso se había abierto ante nosotros como la ventana de una mónada para restituirnos el ejercicio de pensarnos como gente de América Latina en una dimensión colectiva y social.
            La calle, sin embargo,  se convirtió más bien en un punto de desencuentro, esa mayoría de estudiantes de doctorado que votó “democráticamente” por suspender la clase, decidió tomarse el día libre para responder a sus exigencias individuales; para ceder, una vez más, a la urgencia liberal de lo privado que nos conmina a jugar nuestro papel en la acumulación de capital; para evadir, una vez más, el enfrentamiento cara a cara con la cotidianidad del sujeto popular agotado por los engaños de un orden institucional que claramente lo excluye, aunque el discurso lo enuncie en una retórica de igualdad. Se trata, digámoslo, de una actitud light  para afrontar la filosofía de la liberación, pero en fin, después de todo, lo más importante es defender el “nivel de vida”; los privilegios de clase media amparados en la institucionalidad de universidad pública al servicio del capital humano avanzado. En esa lógica, es posible que haya ocurrido lo siguiente: que algunos hayan marchado un par de cuadras para “decir” que estuvieron, un rato al menos, para “ser vistos” en una actitud de compromiso; el ratito “no más” que me permite mi apretada agenda. “Me vieron” y ya, con eso basta, luego desaparezco porque “lo privado” es lo importante, jamás lo público excepto para “figurar”. De esa manera nos ha moldeado el capitalismo para subordinar todo asomo de resistencia. ¡Es lo que hay y punto!
           
            Bajarse del Metro en Plaza Italia fue encontrarse con el lugar cercado y custodiado por carabineros a caballo, por guanacos y buses enrejados, por gente desorientada ante ese despliegue de Fuerzas Especiales, propio de una sociedad militarizada, descompuesta por un miedo al “otro”, “a la masa,” a la turba, al “populacho”, como diría Hegel; un miedo inoculado con un aparato mediático organizado para defender la inhumanidad del capitalismo chileno; resguardarlo de la única forma posible: con la fuerza, el gas lacrimógeno, la violencia de la detención y la pistola.
            “¡No se hagan los huevones, a cien pesos los limones!”, gritaba un niño empujando su carrito. Nadie repara que es un niño el vendedor ambulante que provee de limones para neutralizar el gas y la lluvia de agua tóxica que inevitablemente se desencadenará. “!Aquí llegó la UTEM, aquí llegó la UTEM, universidad pública aúúún!”, canta un grupo entusiasmado. Hay poca gente y el sol de las seis de la tarde parece empecinado en deshidratar el aire antes de esconderse.  Ese sol que nunca duerme ha sido cómplice y testigo de todos los avatares humanos en su continua actividad.  Ahora está siendo cómplice del cansancio, del sudor, del hambre de los estudiantes que llevan siete meses en toma y de la indiferencia ante los que luchan por una causa que jamás podrá imponer sus demandas sino se suma la acción de la sociedad en su conjunto.
             Carmen Gloria Fuentealba, la compañera de curso que convocó a suspender la clase para asistir a la marcha, aparece en una esquina del parque Bustamante. Está decepcionada porque no llegaron las integrantes de su colectivo. Es hermoso encontrarla, porque su presencia restituye el sentido de pertenencia a un grupo de estudiantes de doctorado que iba a ser nuestra marca identificatoria en esta marcha. Pensamos en los compañeros que tenían que exponer hoy y que, por la postergación de la clase, van a disponer de una cómoda semana más, mientras todos tendremos que asistir un día feriado para recuperar la clase que no se hizo. Le digo que no participaré en futuras votaciones. Es que ahí está la clave en las supuestas votaciones que crean la ilusión de democracia, pero cada uno está votando por sus propios intereses nada más. La máscara del asambleísmo encubre la responsabilidad y el compromiso.
            Pero la comparsa de la USACH está encajonando su banda de guerra acompañada de un payaso que silba con un pito y de una calavera que asegura que en la muerte no hay lucro. Seguimos a la banda como niños que corren detrás de los tambores. Nos vamos llenando de un ritmo que nos hace bailar, pero que no desactiva la preocupación. El sol desciende, pero no se apiada.
            Estuve mirando los videos de las marchas de la Unidad Popular. Los obreros marchaban con terno y corbata, más ordenada y militarmente. No había destrozos en esas manifestaciones. El Presidente salía al balcón y escuchaba la voz del pueblo expresada en las marchas. En algunos videos le piden armas al Presidente para defender la revolución. Allende se niega, porque busca una revolución socialista sin derramamiento de sangre. Las marchas del capitalismo tardío, en cambio, son fragmentarias y caóticas. Se trata de avanzar no más por los lados, desde arriba, por cualquier parte. Se puede ser público y marchante a la vez sin que nadie lo note; muchos portan cámaras de video o graban con sus celulares. La marcha se mueve con un sentido inorgánico de carnaval, de fiesta popular callejera que más bien ironiza con el desmedro al mismo tiempo que lo denuncia.  
            Propongo seguir la marcha con la banda de guerra. Es una manera de entender que estamos pasando a otra etapa, a la fase de pensar en la violencia organizada para tomar el poder que se niega. Es una vía dolorosa, porque se trata de la guerra que nunca nadie ganó en ninguna parte del mundo y que ha convertido los sueños juveniles en una pila de cadáveres. Pero la idea de la lucha armada está en el aire, se puede oler con la certeza del verano. He estudiado a esa vieja agorera y la conozco por dentro con su ávido deseo de carne de cañón. Puedo verla allí como un fantasma acechando incluso en esa máscara de la muerte que se agita en forma festiva remedando el lucro. No obstante, su representación no es opaca ni una suma de intuiciones y profecías derivadas de la dictadura. Se aparece de verdad en toda su materialidad concreta, cuando en lo alto de un edificio se descuelga la bandera chilena y jóvenes encapuchados con pasamontañas levantan su puño en alto. La marcha los aclama en un estruendoso aplauso.
            “¡A ver a ver, quién lleva la batuta, los estudiantes o los hijos de puta!”. “¡…porque el pueblo está cansado de las leyes del Estado…” De pronto descubro al paco camuflado de estudiante, con su pelo cortado al rape y un tatuaje en la muñeca, lleva lentes oscuros y su mandíbula está tensa mientras simula tomar latas de cerveza que va sacando de una mochila.  Lo delata una indiferencia, una ajenidad impropia de manifestante alojada en la rigidez de su mandíbula.  Lo miro directo a los ojos y puedo ver la frialdad de sus pupilas a pesar de la pantalla de sus lentes oscuros. No se deja intimidar. Carmen Gloria le toma fotografías y él la mira impasible mientras sigue filmando en su soledad de paco desclasado moviéndose en la marcha con un halo inocultable de comando esclavo de la facticidad del poder
            ¿Cuántos somos los que marchamos?
            Nuestro compañero Rodolfo Mariño nos esperaba en una esquina. Lo abrazamos felices por el encuentro inesperado. Dice que la marcha lleva cuatro cuadras hacia adelante y decidimos detenernos para contar hacia atrás. Veo pasar al diputado Hugo Gutiérrez, me dice que el presupuesto de educación será rechazado y que este movimiento va a seguir el año que viene. Le pregunto si no huele en el aire los deseos de lucha armada. “¡Sería una insensatez, para eso está nuestro partido comunista; para contenerlos!” asegura. Los políticos comunistas son tan pragmáticos que terminan siendo ingenuos. Creen que es tirar la bandada al cielo y recogerla después con la precisión de una red; su fantasía es la capacidad de reordenar un vuelo que ya adquirió su propia relación con la gravedad.
            La marcha se detiene súbitamente. Me arden los pies y pienso que es buen momento para descansar, pero hay algo extraño en ese freno que se prolonga por más de veinte minutos. Pensamos que se trata de la dificultad de los carteles tratando de doblar en la esquina, pero no nos convence. Avanzamos hasta un par de cuadras y ya están los jóvenes cubriendo su cabeza con la capucha. El gas enrarece el aire, la gente trata de protegerse, pero sabemos que  los medios dirán después que todos los de la marcha se convirtieron en encapuchados.  Omitirán que primero hubo una operación de arrojar gas al mismo tiempo que el guanaco avanzaba amenazante. Llegó el punto de quiebre de toda marcha: los disturbios que se desencadenan con una cualidad rizomática. No hay origen ni final, sólo puntos de fuga orientándose en diferentes direcciones. Corro hasta Vicuña Mackenna donde el tránsito avanza con normalidad; es posible allí confundirse entre la gente, pero sabiendo que atrás arde la guerra urbana y el espacio público están siendo objeto de una cruel y desigual disputa. Estoy cargada de impotencia cuando veo que, una vez más, nos han disuelto en la falsa normalidad de una tarde decayendo en el horizonte con su telaraña de sombras.

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