sábado, 26 de septiembre de 2026

¿Dejemos que el nacionalismo se pase de la raya en un mundo brutal?

Es tentador dejar que la derecha y la ultraderecha sigan en su camino de exageraciones (sobre Ceuta, sobre Sánchez, sobre España, sobre el Islam), hasta que su aceleración hacia el disparate se les gire en contra y Pedro Sánchez resucite por enésima vez por la simple fuerza del fanatismo de sus rivales. Sin embargo, cuando empieza a haber riesgo para la convivencia, no está de más pedir contención. Y, mira, si frenan sus excesos y acaban ganando, pues será una alternancia más.

En otoño de 2017, en Cataluña estuvimos al borde de un enfrentamiento violento. No lo digo yo, lo dijo el historiador Josep Fontana, que más bien simpatizaba con los independentistas. Por suerte para todos, y por mérito de muchos, no se produjo tal enfrentamiento.

En el “Procés” catalán, algo que minaba la moral de la mayoría silenciosa (que no era independentista) era el intento de normalizar el pensamiento único nacionalista. Comentaristas de fútbol de radio y televisión glosaban los gritos independentistas, o comentaban con perspectiva indepe los acontecimientos del día. Recuerdo un comentarista de Barça TV decir, el día 1-O, en ocasión del partido Barça-Las Palmas, que ese partido se jugaba justo cuando Cataluña estaba “decidiendo su futuro”. Entidades de todo tipo se sentían empujadas, con convencimiento o sin él, a apoyar el “procés” y su retórica. Proliferaban las esteladas y los lacitos amarillos.

Ahora a propósito de la crisis de Ceuta, también hemos visto comentaristas de fútbol (que parecían de lo más ecuánimes) aplaudir las campañas de nacionalismo español, y entidades viejas y nuevas posicionarse ante la crisis de Ceuta, asociándola al nefasto Sánchez y al riesgo para España. El otro día recibí un email de una asociación de economía aplicada, que desconocía, levantando la voz de alarma sobre Ceuta. De nuevo proliferan las banderas y se desoyen las voces sensatas que llaman a enfocar el problema desde otras perspectivas, como las de Daniel Innerarity o Juan S. Pérez Garzón.

El riesgo es que el marco mental nacionalista nos lleve de nuevo a una lógica de suma cero, el nosotros vs ellos, y al peligro de que una violencia primero contenida, y después esporádica, acabe desbordándose.

Lo que una persona tan habitualmente comedida como el economista Jean Tirole (en este caso con su co-autora Karine Van der Straeten en el libro “Économie du Désordre Mondial”) ha calificado como la ley del más brutal (no ya del más fuerte), puede acabar imponiéndose en un mundo dominado por este tipo de marco mental.

Este mundo brutal ya existía por supuesto, pero Europa en las últimas décadas (primero Europa occidental y desde la caída del muro también buena parte del Este) había vivido al margen de la brutalidad. Nosotros quedamos a salvo de la brutalidad también con el fin del franquismo. Dábamos por descontado que seguiríamos viviendo en paz y libertad.

Como dicen Tirole y Van der Straeten, podemos conservar y mejorar nuestro modelo (el europeo) si asumimos que no estamos condenados al declive, pero estamos condenados a tomar decisiones difíciles, si queremos ir más allá de desacelerar el ascenso de la extrema derecha. Y una de las decisiones difíciles es desterrar el nacionalismo y asumir que una economía de guerra híbrida, junto a otros problemas globales, requiere poner soberanía en común y dejar de mirarnos el ombligo.

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