Es tentador dejar que la derecha y la ultraderecha sigan en su camino de exageraciones (sobre Ceuta, sobre Sánchez, sobre España, sobre el Islam), hasta que su aceleración hacia el disparate se les gire en contra y Pedro Sánchez resucite por enésima vez por la simple fuerza del fanatismo de sus rivales. Sin embargo, cuando empieza a haber riesgo para la convivencia, no está de más pedir contención. Y, mira, si frenan sus excesos y acaban ganando, pues será una alternancia más.
En otoño de 2017, en Cataluña estuvimos al borde de un
enfrentamiento violento. No lo digo yo, lo dijo el historiador Josep Fontana,
que más bien simpatizaba con los independentistas. Por suerte para todos, y por mérito
de muchos, no se produjo tal enfrentamiento.
En el “Procés” catalán, algo que minaba la moral de la
mayoría silenciosa (que no era independentista) era el intento de normalizar el
pensamiento único nacionalista. Comentaristas de fútbol de radio y televisión
glosaban los gritos independentistas, o comentaban con perspectiva indepe los
acontecimientos del día. Recuerdo un comentarista de Barça TV decir, el día
1-O, en ocasión del partido Barça-Las Palmas, que ese partido se jugaba justo
cuando Cataluña estaba “decidiendo su futuro”. Entidades de todo tipo se
sentían empujadas, con convencimiento o sin él, a apoyar el “procés” y su retórica.
Proliferaban las esteladas y los lacitos amarillos.
Ahora a propósito de la crisis de Ceuta, también hemos visto
comentaristas de fútbol (que parecían de lo más ecuánimes) aplaudir las
campañas de nacionalismo español, y entidades viejas y nuevas posicionarse ante
la crisis de Ceuta, asociándola al nefasto Sánchez y al riesgo para España. El otro
día recibí un email de una asociación de economía aplicada, que desconocía,
levantando la voz de alarma sobre Ceuta. De nuevo proliferan las banderas y se
desoyen las voces sensatas que llaman a enfocar el problema desde otras
perspectivas, como las de Daniel Innerarity o Juan S. Pérez Garzón.
El riesgo es que el marco mental nacionalista nos lleve de
nuevo a una lógica de suma cero, el nosotros vs ellos, y al peligro de que una violencia
primero contenida, y después esporádica, acabe desbordándose.
Lo que una persona tan habitualmente comedida como el
economista Jean Tirole (en este caso con su co-autora Karine Van der Straeten
en el libro “Économie du Désordre Mondial”) ha calificado como la ley del más
brutal (no ya del más fuerte), puede acabar imponiéndose en un mundo dominado
por este tipo de marco mental.
Este mundo brutal ya existía por supuesto, pero Europa en
las últimas décadas (primero Europa occidental y desde la caída del muro
también buena parte del Este) había vivido al margen de la brutalidad. Nosotros
quedamos a salvo de la brutalidad también con el fin del franquismo. Dábamos
por descontado que seguiríamos viviendo en paz y libertad.
Como dicen Tirole y Van der Straeten, podemos conservar y
mejorar nuestro modelo (el europeo) si asumimos que no estamos condenados al
declive, pero estamos condenados a tomar decisiones difíciles, si queremos ir
más allá de desacelerar el ascenso de la extrema derecha. Y una de las
decisiones difíciles es desterrar el nacionalismo y asumir que una economía de
guerra híbrida, junto a otros problemas globales, requiere poner soberanía en
común y dejar de mirarnos el ombligo.
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